sábado, 27 de abril de 2019

Fracaso de la izquierda y la derecha en América Latina

El problema no es la izquierda ni la derecha: el problema es la corrupción y el mal gobierno
Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en el número 28 de la revista Ruiz Healy Times, p. 18. Descarga un ejemplar de esta publicación aquí




Cuando la izquierda llega al poder, culpa de todos los males del país a la perversa derecha. Y lo mismo sucede viceversa: ¡Ah, la perversa izquierda!, dicen. Lo hemos visto en Argentina, en Brasil y, no sería raro, dadas las tendencias, que pudiéramos verlo en México.


Dilma Roussef y Luiz Inácio Lula da Silva
Luiz Inácio Lula Da Silva prometió erradicar la corrupción, crear prosperidad para la nación y rescatar a millones de brasileños de la pobreza extrema. Su proyecto fue refrendado en el voto que el pueblo de Brasil otorgó a Dilma Roussef, quien ganó la presidencia pero no pudo finalizar su periodo porque el Senado incoó contra ella un proceso de destitución por escándalos de corrupción. Entonces Michel Temer, de un partido de centro, asumió la presidencia. ¿Qué pasó? Lula está en prisión, Roussef fue destituida y Temer enfrenta graves problemas legales y muy probablemente también vaya a la cárcel. La izquierda brasileña no está exenta de la mácula de la corrupción.

Antes, los presidentes de derecha habían hecho de las suyas en Brasil. El gobierno fue fuente inagotable de riquezas para los políticos. El derechista Fernando Collor de Melo ganó la presidencia venciendo a Lula Da Silva (en su primer intento por alcanzar el poder) y asumió el cargo en marzo de 1990 prometiendo que renovaría moralmente al país y que acabaría con la corrupción, pero no duró ni tres años, porque el Congreso lo destituyó, para no variar, por escándalos de corrupción. El joven presidente Collor de Melo –la persona más joven jamás en el cargo–, que había alimentado las esperanzas de millones de brasileños, resultó ser una muy dolorosa desilusión. La derecha había, pues, fallado. Lula Da Silva no dejó de aprovechar la situación para señalar y condenar a la derecha e hizo todo lo posible para que Fernando Collor fuera destituido. Itamar Franco acabó el periodo y de nuevo llegó el momento de una nueva elección.

Lula estaba seguro que esta vez vencería. El contrincante fue Fernando Henrique Cardoso, ministro de Hacienda del gobierno saliente. No era el candidato de la derecha, sino del centro. La derecha, después del vergonzoso episodio de Collor de Melo, no tenía posibilidades de ganar. La estrategia de Lula en esta nueva campaña fue señalar que todos los aspirantes a la presidencia, menos él, claro, tenían las manos manchadas de corrupción. Pero el electorado brasileño se mostró temeroso ante la posibilidad de que la izquierda progresista arribara al poder. 

Cardoso venció dos veces a Lula. El final de su segundo periodo se caracterizó por problemas económicos que provocaron devaluación y pérdida del poder adquisitivo. También hubo sonados casos de corrupción. Lula aprovechó estas circunstancias y finalmente ganó la presidencia venciendo al candidato oficialista.

Felipe Calderón y Luiz Inácio Lula da Silva
Las cosas marcharon relativamente bien para Lula. Se convirtió en un referente mundial, en el indiscutible líder de las Américas. Mientras México tenía a Fox y luego a Calderón, Brasil tenía un estadista respetado y reconocido por todos. Al final de su mandato gozaba de gran popularidad y aprobación, de modo que fue relativamente fácil que la candidata de izquierda, Dilma Roussef, se llevara la elección. Pero, como señalé al principio, el sueño de la izquierda brasileña acabó en una pesadilla.

Derecha, izquierda y centro fracasaron. El saldo: un presidente en prisión (Lula), una presidente destituida (Roussef), otro presidente en proceso penal por corrupción (Temer) y un pueblo brasileño empobrecido y humillado. 

Jair Bolsonaro
En todos los países, la administración en turno es la “peor de la historia” y es quien paga los platos rotos. Eso fue lo que pasó con Lula y Roussef, pues, a final de cuentas, Temer fue sólo el designado para terminar el periodo de la Roussef. Así pues, el culpable actual de todos los males de Brasil, según el adagio que dice que el presidente en turno es el peor, es la izquierda: el PT o Partido de los Trabajadores. El pueblo de Brasil llegó a un “hasta-aquí” y le pasó factura al izquierdista Fernando Haddad: eligió a Jair Bolsonaro, candidato de la extrema derecha. La desilusión del electorado brasileño convirtió a un fascista en presidente. ¿Será capaz de erradicar la corrupción y el mal gobierno?


La corrupción no es algo que se pueda erradicar fácilmente. Me refiero a nuestros países latinoamericanos. Está tan arraigada, que es inconcebible pensar en México, Brasil, Argentina, etcétera, sin ella. Es una vergüenza decirlo, pero la corrupción es parte de la esencia de las democracias latinoamericanas. Como no puede ser extirpada a través de medios ordinarios, es decir, por la simple aplicación de la ley, se requieren acciones rotundas y extremas. Por eso la corrupción está mostrando ser campo fértil y caldo de cultivo para los populismos más extremos. Lo hemos visto muy claramente en Brasil.

Argentina es un caso increíble y un ejemplo de cómo la corrupción y el mal gobierno son capaces de arruinar las condiciones económicas más favorables. Es un país que no tiene desigualdades educativas y culturales tan extremas como las de Brasil o México, ni tiene una población gigantesca. Argentina es un país enorme, con un territorio muy fértil y con toda clase de recursos naturales. Es tan rica que es inconcebible que haya pobreza. Con poco menos de 45 millones de habitantes, si Argentina se administrara y gobernara bien a sí misma, debería tener condiciones de bienestar material aún mejores que Canadá. Pero no: Argentina es un caos y cada vez va peor. A pesar de tener algunas de las regiones más fértiles del mundo, hay argentinos que padecen hambre.

La democracia llegó a Argentina después de una dolorosa y criminal dictadura militar. Videla, Viola, Galtieri y Bignone encabezaron uno de los regímenes militares más sanguinarios que se han visto en el continente. Pero al fin llegó la democracia y con ella la esperanza de millones.

Ménem en campaña
Las cosas marcharon mal desde el primer presidente del nuevo periodo democrático. El centro-izquierdista Raúl Alfonsín enfrentó problemas económicos muy graves que llevaron al país a una hiperinflación. No terminó el mandato y el cargo fue asumido por quien ahora es uno de los personajes más odiados en la historia del país sudamericano: Carlos Saúl Menem. Con todo y que su partido, el Justicialista, se puede definir como de centro, Menem emprendió acciones y políticas económicas neoliberales, e inició un proceso de privatización muy similar al que llevó a cabo Carlos Salinas en México. Menem fue el Salinas argentino; Salinas fue el Menem mexicano. Privatizaron absolutamente todo y durante sus mandatos tuvieron lugar algunos de los episodios de corrupción más escandalosos de que se tenga noticia.

El gobierno de Menem acabó tan mal o peor que el de Alfonsín: en el último año de su administración se colapsó el sistema bancario del país y el producto interno bruto decreció 4 puntos. O sea, el PIB en 1999 fue de -4%, una verdadera tragedia. La figura de Menem fue tan infame, que los argentinos ni siquiera pronuncian su nombre, porque es como de mal agüero. Se refieren a él como “quien tú ya sabes”, algo así como “el innombrable” Salinas. El desencanto de los argentinos fue mayúsculo y millones de personas lo perdieron todo mientras veían cómo el presidente y los políticos se enriquecían a manos llenas.

Si los argentinos pensaron que con Menem tocaron fondo, se equivocaron. En la misma línea neoliberal, asumió la presidencia Fernando de la Rúa. La situación económica era tan caótica –la gente ya no pudo sacar su dinero del banco durante el angustiante episodio conocido como El corralito– y la inflación estaba tan fuera de control, que el presidente de la Rúa tuvo que renunciar al segundo año del cargo. No pudo: tiró la toalla, por motu propio y por presiones políticas, pero se fue. Y créalo usted o no: el partido de Menem volvió al poder (algo así como el regreso del PRI después de las administraciones panistas).

De la Rúa fue sustituido por Adolfo Rodríguez Saá, del Partido Justicialista, pero duró apenas ocho días en el cargo. En medio de las más completa inestabilidad, Eduardo Duhalde pudo completar el periodo de De la Rúa. Y entonces llegó el populismo de izquierda: los Kirchner.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández


López Obrador protesta como presidente legítimo  de México
2003 fue un año importante para la izquierda latinoamericana: ese año llegaron al poder Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner. Para entonces, Hugo Chávez, un izquierdista aún más radical, ya gobernaba Venezuela desde 1999. Se decía que la América Latina doblaba hacia la izquierda, y era verdad: el progresista Tabaré Vazquez ganó las elecciones en Uruguay en 2005, Evo Morales llegó a la presidencia de Bolivia en 2006, Rafael Correa se convirtió en presidente de Ecuador en 2007 y ese mismo año Daniel Ortega asumió el poder en Nicaragua. Cualquiera hubiera dicho que por esas fechas la ola izquierdista también impactaría a México, y de hecho sí. La izquierda mexicana puso en serios problemas a la derecha en las elecciones de 2006. Ahora se sabe que la izquierda en México ganó la presidencia desde 1988, pero fue víctima de fraude. México habría sido uno de los primeros países en ser gobernados por la izquierda, pero por azares del destino, la izquierda mexicana ha sido de las últimas en llegar al poder. Y quizá sí sea cierto que en 2006 López Obrador ganó la presidencia. Nunca lo sabremos a ciencia cierta, porque los materiales electorales fueron destruidos. 

Volviendo a Argentina… tras doce años de gobierno izquierdista, los argentinos acabaron económicamente quebrados, muy desilusionados y… claro, votaron por la derecha. Resulta que se han abierto causas de corrupción contra funcionarios de las administraciones de los Kirchner, incluida la propia Cristina Fernandez, que no ha podido ser llevada a la justicia porque, en su calidad de senadora, goza de fuero. La crisis financiera le ha explotado en la cara a Mauricio Macri: de nuevo hiperinflación, alza de los precios de los combustibles, devaluación, desabasto y muchos males más, lo cuales, según el actual gobierno, se deben a los excesos populistas, asistencialistas y clientelares de los Kirchner. ¡Ah, la perversa izquierda!

Mauricio Macri


Cómo sea, centros, izquierdas y derechas fracasaron tanto en Brasil como en Argentina, y sumieron a ambos países en toda clase de males económicos, políticos y sociales.


La derecha y el centro han fracasado en México. Y ahora la izquierda llega y promete acabar con la corrupción y el mal gobierno. A diferencia de Argentina y Brasil, ¿tendrá éxito en esta misión? Pronto lo sabremos.


lunes, 15 de octubre de 2018

Política anti-drogas: una tragedia nacional

Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en el número de octubre 2018 de la revista Ruiz Healy Times. 
Descarga la revista aquí



La última semana de septiembre, el ex-presidente Ernesto Zedillo, en calidad de director del Centro de Estudios de la Globalización y miembro de la Comisión Global de Política de Drogas, presentó una propuesta para remediar lo que, a su juicio, es una gran tragedia nacional: la política de drogas que ha implementado el Estado mexicano. 

Este documento consta de cuatro partes: 

La primera narra una historia de la prohibición, desde tiempos posteriores a la Revolución, hasta nuestros días. El común denominador ha sido una política punitiva, que en los últimos cuarenta años, y especialmente a partir de 2006, ha provocado un problema de magnitudes épicas.

La segunda parte se refiere a la grave situación que ha generado la prohibición: una epidemia de violencia que ha incidido en la baja de la esperanza de vida en algunos Estados (de ese tamaño es la tragedia); el desplazamiento de poblaciones enteras, tema del que no se habla tanto, pero que tiene un dramatismo yo diría dantesco, una verdadera crisis humanitaria en nuestro propio territorio; y la criminalización de los usuarios de estupefacientes. La sección termina con una propuesta para prevenir, tratar y reducir los daños que sufren las personas que usan drogas.

La tercera parte propone seis principios rectores alrededor de los cuales debería girar la política, ya no anti-drogas, sino simplemente la política de drogas: 1) derecho constitucional a la salud; 2) derecho al libre desarrollo de la personalidad; 3) enfoque en las políticas adaptado a las comunidades locales; 4) acceso efectivo a la información, medicinas y tratamiento; 5) revisión de las leyes y políticas públicas basada en evidencia científica; 6) regulación armonizada con el derecho internacional y los derechos humanos.

La cuarta parte es la más importante, pues en ella se hace una propuesta para pasar de la actual prohibición a una regulación de los narcóticos. La propuesta de despenalización y regulación se refiere no sólo a la cannabis, sino a todas las drogas, incluso la heroína, la cocaína y las anfetaminas.

Ernesto Zedillo
Ernesto Zedillo declaró que se equivocó en la política anti-drogas que aplicó durante su gobierno y se pronuncia sin ambages por la despenalización y regulación de los narcóticos. Vicente Fox, un poco más limitadamente, se ha pronunciado por la despenalización de la marihuana y Enrique Peña ha reconocido que la política anti-drogas que implementó no ha funcionado, es decir, ha fracasado. El único que no siente que cometió ningún error es Felipe Calderón. Sin embargo, el texto presentado por Zedillo y un grupo de expertos, señala que a partir de finales de 2006, con el golpe que el entonces nuevo presidente asestó al narco en su natal Michoacán, se generó una espiral de violencia sin precedentes que nos tiene sumidos en una situación de extrema gravedad.

Felipe Calderón llegó al poder muy cuestionado y con la sombra de un fraude electoral en perjuicio de su contrincante, Andrés Manuel López Obrador. El nuevo presidente tenía que asumir el cargo y actuar con brío, y para ello era necesaria una acción contundente. Se comenta y se dice que, de visita en Bogotá en octubre de 2006, como presidente electo, el presidente Álvaro Uribe, que había dado importantes golpes a las FARC y a los carteles, sugirió a Calderón llevar a cabo una acción masiva contra las organizaciones criminales mexicanas. Así nació la idea de una cruzada nacional, una guerra fulminante contra la delincuencia organizada. Esta política fue continuada por Enrique Peña. El resultado es, a doce años de que Calderón inició esta guerra, que la violencia en México es insostenible y el tráfico y consumo de drogas sigue al alza.

El informe explica cómo la política punitiva ha fomentado la existencia del mercado negro, y así las bandas criminales han encontrado el ambiente propicio para reproducirse, prosperar y enriquecerse. La inercia prohibitiva comenzó desde los años 1920’s por un prejuicio inadmisible: que el uso de drogas incidía en la preferencia sexual. El documento cita un dictamen de la Cámara de Diputados, del 7 de octubre de 1947, a propósito de unas reformas a los artículos 193, 194 y 197 del entonces Código Penal para el Distrito Federal y Territorios Federal. Lo que dice el dictamen parece haber sido extraído del más rancio y retrógrada catecismo: que el consumo de narcóticos conduce al narcisismo, a la homosexualidad y al autoerotismo, y por tanto desvirtúan el sentido del acto sexual, que es la procreación. La Cámara de Diputados, al aprobar este dictamen y las reformas a los artículos mencionados, se condujo sin la menor evidencia científica: legisló y endureció las penas de los delitos contra la salud, y lo hizo cegada por el prejuicio y la mojigatería. Zedillo señala que este prejuicio prevalece aún en nuestros días.

El texto explica con gran claridad cómo la localización geográfica de nuestro país le confirió una importancia estratégica en el tráfico hacia Estados Unidos de estupefacientes producidos en América del Sur, particularmente en Colombia. Durante la década de 1980, y dada la política punitiva, los carteles se vieron en la necesidad de reclutar grupos armados. Tuvieron los medios económicos para hacerlo; y no sólo eso, sino también pudieron reclutar militares de élite para entrenar a sus milicias. El poder económico de estas organizaciones les permitió sobornar a altos funcionarios de la Procuraduría General de la República e incluso oficiales del Ejército. Los carteles mexicanos tuvieron a su disposición ejércitos privados, equipados con armamento y tecnología de punta, cuya misión era proteger las rutas de la droga. Esto provocó que organizaciones rivales entraran en conflicto y crearan su propia guerra al tratar de expandir sus zonas de influencia y de operación.

Zedillo señala que el gobierno erró en el manejo de esta problemática. La política punitiva implementada desde los 1920’s no fue revisada, a pesar de no haber dado resultados, sino, peor aún, fue endurecida: «El gobierno decidió llevar la prohibición a niveles sin precedentes. La decisión, que tuvo lugar a fines de 2006, llevó la prohibición al extremo de usar fuerzas militares para sustituir a la policía en amplias partes del territorio. En retrospectiva, está claro que la profundización de la guerra contra las drogas que se dio hace casi doce años está asociada a la enorme escalada de violencia que sufre el país. En sí misma, esta escalada se ha convertido en un importante problema de salud pública en México y ha socavado las capacidades institucionales de los gobiernos federal y locales.»

El documento presenta numerosos datos y estadísticas en los que se aprecia que ese despliegue militar, que aumentó a escala masiva desde finales de 2006, es decir, desde Felipe Calderón, ha disparado la tasa de homicidio doloso y ha provocado violencia sin precedente. Por ejemplo, en 2007 hubo 48 enfrentamiento entre efectivos del Ejército y grupos criminales; en 2011 hubo 1009 enfrentamientos. Este incremento es casi inconcebible. Las fuerzas armadas también han caído en la desesperación y han incurrido en prácticas ilegales. Zedillo cita un estudio según el cual el uso de la fuerza por parte del ejército ha generado prácticas como la tortura, las violaciones al debido proceso y hasta ejecuciones extrajudiciales.

El texto también señala la responsabilidad del Estado mexicano en la emergencia de los mercados negros de estupefacientes. Zedillo dice que el mercado negro ha sido creado por el propio Estado, lo cual podría parecer a primera vista un disparate, pero es verdad, si se hace una consideración más serena. El gobierno ha querido desmantelar el mercado negro y para ello se ha valido de la fuerza bruta: el resultado ha sido una espiral de violencia como nunca la habíamos visto, y el fortalecimiento del mercado negro. En 2006 hubo 10,452 homicidios dolosos, según el INEGI; en 2011 la cifra casi se triplicó: 27,213. En 2017 fueron más de 31 mil y, por lo visto, 2018 romperá todos los récords. Y lo que es todavía más notable: la tasa de homicidios ha crecido más en los lugares en los cuales hay presencia de fuerzas militares. Cualquiera pensaría que con la presencia de las fuerzas armadas la incidencia delictiva y el homicidio serían menores, pero es al revés.

La violencia en México es tan grave, tan tremendamente grave, que se ha registrado una caída en la esperanza de vida. Supongo que el lector pensará que las cifras son exageradas, pero el estudio presentado por Zedillo y su equipo de expertos documenta que entre 2006 y 2010 hubo una disminución en la expectativa de vida a nivel nacional del 0,6%. Esta cifra podría lucir insignificante, pero no lo es. Esa cifra es un promedio; hay regiones en México, en específico Chihuahua, Sinaloa y Durango, donde la expectativa de vida entre 2005 y 2010 cayó tres años. ¡Tres años! Y no porque existiera la peste bubónica o una guerra civil: esta caída es producto de la violencia, y la violencia es generada por la política punitiva contra las drogas.

La mortandad de suyo es un grave problema. Pero hay otro, del que se habla poco: el desplazamiento de poblaciones, tanto forzado como voluntario. Forzado, porque es parte de las tácticas de los carteles: se apoderan de las parcelas y ranchos de la población; voluntarios, pues es tal la inseguridad y la violencia, que miles huyen para salvar sus vidas. Zedillo cita un informe según el cual en estos doce años casi 330 mil personas han sido desplazadas de sus poblaciones. El gobierno ha sido absolutamente impotente ante esta crisis; es más, ni siquiera reconoce la crisis.

El documento propone dos medidas que deben adoptarse inmediatamente:
  1. La liberación de personas privadas de la libertad por delitos de drogas no violentos.
  2. La despenalización del uso de todas las drogas.

Las personas muy conservadoras de inmediato se cierran ante estas propuestas. ¡Cómo vamos a sacar de la cárcel a los narcotraficantes! ¡Cómo vamos a despenalizar las drogas, si eso sería tanto como fomentar la drogadicción! Pero hay que estudiar las propuestas.

Toda persona que haya sido encarcelada por posesión simple de drogas debe ser liberada, ya sea mediante la revocación de sentencia o a través de amnistía. El texto señala que los límites no punibles de posesión de narcóticos son deliberadamente bajos, de manera que la posesión ya es de suyo un delito. Esto no es otra cosa sino la criminalización y la discriminación de los usuarios de drogas. Un grupo especialmente vulnerable son los campesinos y las mujeres detenidos por delitos contra la salud. Si la plantación y producción de cannabis y amapola fuera regulada, los campesinos que ahora apenas sobreviven produciendo estos vegetales, serían los primeros beneficiados de una regulación no punitiva. El informe no lo dice, pero esto sería un motor económico que los haría salir de la pobreza en muy poco tiempo. Finalmente, el hecho de poseer una cantidad de droga mayor que lo que determina la ley –umbral que, ya señalé, es muy bajo– no significa que el tenedor sea un narcotraficante. La posesión de cantidades mayores de estos umbrales es de suyo un delito, lo cual es absurdo. Zedillo propone que aún cuando una persona sea detenida en posesión de cantidades mayores a las permitidas, debe ser demostrada plenamente la intención de comercial ilegalmente. Pero hasta eso tendría solución, pues si se regulan las drogas, será lícito comercial con ellas.

Hay una tercera propuesta para implementarse, no de inmediato, pero sí en el corto o mediano plazo: el acceso legal y regulado de las drogas.

Se citan dos modelos: la industria de los estupefacientes en manos de emprendedores privados, como es el caso de los que comercian con cannabis en algunos estados de la Unión Americana; o el monopolio estatal, como sucede en Uruguay. El ex-presidente Zedillo parece pronunciarse por un sistema mixto.


El reto del nuevo gobierno es enorme. ¿Estará a la altura de las circunstancias? Ojalá que sí. Sin duda este documento presentado por Ernesto Zedillo será una herramienta muy importante.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

¿Ya inició la Cuarta Transformación?

Por Venus Rey Jr

Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, septiembre de 2018, página 19. Descarga el PDF de la revista aquí.

Primera Transformación: Independencia. Segunda Transformación: Reforma.
Tercera Transformación: Revolución. Cuarta Transformación: AMLO.


El día sábado primero de septiembre de 2018 dio inicio la llamada Cuarta Transformación. Ese día se inauguró en San Lázaro el primer periodo ordinario de la LXIV Legislatura. Aquel día, Andrés Manuel López Obrador empezó a gobernar.

Desde antes que iniciaran las campañas, el fundador de Morena llevó la batuta y fijó la agenda. Siempre estuvo varios pasos adelante de sus competidores. Cuando ellos apenas iban, Andrés Manuel ya venía de regreso. La desesperación de los contrincantes se fue haciendo cada vez más notoria conforme se acercaba el 1 de julio. Las cosas llegaron a un punto en el cual, pasara lo que pasara, la gente votaría por el tabasqueño, así lo vieran, parafraseando a Trump, disparando contra alguien, no en la quinta avenida de Nueva York, pero ponga usted en la avenida Juárez, Madero o en el Eje Central Lázaro Cárdenas (ya ve usted que Juárez, Madero y Cárdenas son sus paradigmas). Ese fue el grado de convicción que alcanzaron sus votantes. Y mientras, del otro lado, muchos vacilaban y no sabían si votar por el del PRI o por el del PAN, porque, hay que decirlo, el PRI se dedicó a atacar a Anaya desde el principio, e hizo creer al sector más crédulo del electorado que estaban en segundo lugar en las preferencias y a tiro de piedra de Andrés Manuel. Mentiras deliberadas que pagaron con la más estrepitosa y humillante derrota de su historia.

La Cuarta Transformación que planteó AMLO fue un éxito desde el primer momento. Ese nombre, que podría parecernos chocante y presuntuoso –lo es–, sintetiza con exactitud el enorme desprecio que millones de mexicanos sienten hacia la corrupción y el PRIvilegio. Andrés Manuel encontró la fórmula idónea para que el electorado se convenciera de que PRI y corrupción eran sinónimos. Tan la encontró, que el candidato del PRI también adoptó un discurso anti-corrupción, que nadie le creyó, por cierto. Todo México, incluidos los cuatro candidatos, alzaron la voz y se manifestaron en contra de la corrupción. Andrés Manuel logró posicionarse como el único candidato que no era corrupto, y en tal virtud, como el único candidato que podría acabar con este mal, al modo que se barren las escaleras: “de arriba para abajo”. Si un presidente pretende erradicar la corrupción, él mismo debe ser honesto (honesto-honesto, honesto-honesto, como dijo El Bronco en un debate) y estar limpio de todo mal. Y si bien sobre la figura del presidente electo pesan sospechas de corrupción durante la construcción del segundo piso del periférico, lo cierto es que nunca se le ha comprobado nada, a pesar de que el PRI, haciendo uso de todo el aparato gubernamental, lo habrá investigado hasta el tuétano. Pero nunca nadie le ha podido comprobar un mínimo acto de corrupción.

La Cuarta Transformación es, en primera instancia, un movimiento nacional de repudio a la corrupción y a los privilegios de los altos funcionarios. AMLO, que es un hombre culto, leído y conocedor de nuestra historia (ha escrito una veintena de libros de los cuales sus detractores acusan ghost writing, pero ni siquiera eso han podido comprobar), sabe de la importancia de los símbolos. Mientras los otros dos candidatos mostraban avidez por llegar a Los Pinos e instalarse ahí con sus familias, AMLO propuso cerrar esa residencia oficial, pues es símbolo del presidencialismo neoporfirista-neoliberal, un presidencialismo aberrante que únicamente ha gobernado para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La propuesta del tabasqueño fue que Los Pinos se convirtiera en un espacio público para la cultura y el esparcimiento. Y claro, todo mundo recibió la propuesta con gran entusiasmo. ¿Por qué? Por el gran golpe y sacudida que significaba para los gobiernos panistas y priístas, que asentaron sus reales en Los Pinos con indolencia y vanagloria. Lo mismo puede decirse del avión presidencial.

Pero la simbología no acaba en Los Pinos, sino se extiende a las figuras de los expresidentes, en este caso, los villanos de esa película de horror llamada Historia Mexicana. La propuesta de acabar con las pensiones de los exmandatarios fue rechazada por la clase política en funciones, y muchos analistas se refirieron a ella como una propuesta populista que en nada contribuiría a solucionar nuestros problemas. Quitar las pensiones a los expresidentes, decían, no va a acabar con la pobreza ni con la corrupción. Pero ese no era el punto y nunca lo fue. Cualquier persona medianamente pensante sabe que dejar a Echeverría, Sasha Montenegro, Paloma Cordero, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña sin pensión de nada sirve para que millones de mexicanos puedan superar la pobreza en la que están inmersos desde hace varias generaciones (incluso generaciones que existían desde antes de la Revolución Mexicana). Eso lo sabe usted, lo sé yo y lo sabe Andrés Manuel. De lo que se trata es de castigar a los villanos de la película, de dejarlos sin dinero y sin privilegios, porque ellos son los que más daño han hecho al país, y encima de ese daño, resulta inmoral tener que pagarles para que puedan vivir como jeques saudíes. Por eso la propuesta fue y es aclamada por millones de mexicanos. Golpear a los expresidentes de este modo es hacer énfasis en que gobernaron no para los mexicanos, sino para la mafia del poder (not for the many, but for the few, parafraseando en sentido inverso a Jeremy Corbyn). Esta propuesta ha sido música para los oídos del electorado. Meade y Anaya no supieron adaptarse a las condiciones que imponía AMLO, y en la naturaleza como en la política, el que no se adapta se extingue. Mientras México vitoreaba la propuesta de Andrés, Meade afirmaba que no quitaría estas pensiones.

La idea de una Cuarta Transformación es genial. El PRI, y en menor medida el PAN, proponían continuidad. El pobre de Meade cavó su tumba política desde que en una comparecencia ante el Senado, en octubre de 2017, y todavía como secretario de Hacienda, confesó que en 2012 él había votado por Enrique Peña Nieto. Y claro, los senadores priístas, que eran los más (ahora son los menos) le aplaudieron como focas de acuario. Poco después Meade se convirtió en el candidato del PRI y, por más que intentó, fue incapaz de deslindarse del desprestigio de la marca. Créame: la marca “PRI” está tan desprestigiada que hace unos días el propio Peña Nieto –o sea, el máximo líder priísta– sugirió que se cambiara el nombre al partido, porque así no iba a funcionar. Meade basó su campaña en ensalzar la gestión de Peña Nieto y en ofrecer continuidad. Y no es que estuviera loco. No. La verdad es que el gobierno de Peña Nieto ha sido satanizado, pero si lo evaluamos con cabeza fría y con datos y números en la mesa, nos daremos cuenta, por difícil y paradójico que sea reconocerlo, que el balance general es positivo; pero esa es otra historia. Donde sí falló Peña fue en el tema de la violencia. 2017 fue el año más violento de nuestra historia, desde que se hacen mediciones con métodos científicos; mucho más que cualquier año de Calderón, a quien se atribuye el origen de este mal. Pues bien, 2018 lo está superando con creces. 2018 será el año más sangriento de nuestra historia. Pero, volviendo al punto, la Cuarta Transformación anunciaba una nueva era, una ruptura con el esquema político que tanta animadversión y hartazgo cosechó entre los mexicanos. Y AMLO se presentó como el único hombre que podría lograr tal cambio. Millones le creyeron.

La Cuarta Transformación se alza como un movimiento de la máxima envergadura: tan importante como la Independencia, la Reforma y la Revolución. De ese tamaño es la propuesta de AMLO, una propuesta histórica –y de ese tamaño es la imagen que Andrés Manuel tiene de sí mismo–; histórica en el sentido profundo del devenir, no de la mera efeméride. La intención de López Obrador al crear Morena fue la de hacer historia. Mientras la sensación que uno tenía al ver a los otros dos contendientes era la de pensar que si ganaba uno y otro, era porque ahora les “tocaba a ellos”, es decir, les “tocaba” estar en el poder y hacer negocios y beneficiarse por seis años; la sensación que provocaba AMLO era de que, finalmente, juntos haríamos historia. En otras palabras: sabíamos que los otros contendientes y sus allegados iban por el privilegio y por el varo (o baro, si usted prefiere, o sea: la feria); pero Andrés Manuel y Morena iban por la historia. Los detractores del tabasqueño minimizaban y ridiculizaban que él se las diera de intelectual con tanto libro publicado, y que se la diera de mesías. Queda claro que la compresión de AMLO de la historia mexicana es por mucho superior a la de sus adversarios, quienes decían: «qué intelectual va a ser, si es un bruto que no sabe ni hablar, ya no digamos inglés, sino español, y que se tardó casi tres lustros en acabar una licenciatura que dura cuatro años». La cultura no la da un título universitario, ni siquiera uno de Harvard o del MIT. Tampoco la da hablar inglés. La cultura se obtiene mediante toda una vida de lectura y reflexión profunda. No estoy diciendo que AMLO la tenga como si fuera Bertrand Russel o Theodor Mommsen –sí diría que es un hombre culto–, pero el uso magistral que hizo en su campaña al colocar a la historia como algo fundamental, no tiene parangón en nuestro pasado reciente. ¿Recuerda usted cómo se llamaban las otras dos coaliciones? Yo no. Pero “Juntos haremos historia” es un mote que nunca olvidaremos.


La Cuarta Transformación, y todo lo que ella implica, es necesaria y urgente. No porque la proponga AMLO, quien tuvo, en efecto, el acierto de proponerla y de hacerla el motor de su campaña. Todos –hasta Meade, que, como siempre he dicho, es un hombre honesto y un funcionario muy capaz– estuvimos convencidos de que el país no podía seguir en el camino que llevaba, que la corrupción, el privilegio, la pobreza, la desigualdad y la violencia tenían que llegar a su fin. Sólo una persona mezquina estaría en contra de un proyecto así. Yo no sé si AMLO sea capaz de lograrlo. Es una tarea que se antoja sumamente difícil, casi imposible. Lo que sí sé es que él fue el único candidato que supo entender el momento histórico que México vivía. También sé que el sábado 1 de septiembre AMLO inició su gobierno. ¿Será su gestión la mejor y más grandiosa de toda nuestra historia? No lo sé, ojalá que sí. Al menos esa es su pretensión, y eso, de suyo, es un cambio radical en la forma de hacer y concebir la política en nuestra accidentada patria: él no va por el “varo”, el poder o la vanagloria (quizá sus allegados sí; seguramente muchos de ellos sí): Andrés Manuel va por la historia. Ojalá que así sea.

lunes, 3 de septiembre de 2018

¿Es Morena un PRI reloaded?


Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en el número de Agosto 2018 de la revista Ruiz-Healy Times, p. 19. Puedes descargar el PDF de la revista en este link:  http://www.ruizhealytimes.com/sites/default/files/revista/ruiz-healy_times_num_20.pdf

Luis Echeverría entrega la banda presidencial a José López Portillo. Diciembre 1 de 1976.

«Fui el último presidente de la Revolución.» José López Portillo.

Si consideramos la escala de tiempo histórica, la Revolución Mexicana pertenece a nuestro pasado reciente y aún hoy padecemos sus efectos. Y aquí “padecer” no tiene una connotación negativa, sino sólo el sentido pasivo del vocablo: las repercusiones sociales, políticas, económicas y culturales de la Revolución Mexicana se siguen sintiendo a más de cien años de distancia. El tiempo histórico es diferente al tiempo biológico de una vida humana. Cien años pueden parecer muchos, pero en realidad son tres o cuatro generaciones.

Muchos pensaron que con la Revolución habría llegado a su fin el gobierno de la oligarquía y de los latifundistas, y que se inauguraría una era de paz, justicia social y bienestar para todos, especialmente para los más pobres. La Revolución Mexicana no fue un proceso que se diera en un momento dado y se agotara. Fue –y sigue siendo– un movimiento continuo que se ha ido desplegando a lo largo de las décadas. Plutarco Elías Calles tuvo la visión de “institucionalizarla” y para este propósito creó un partido, que después sería el PRI: el Partido Revolucionario Institucional.

Los regímenes priístas desde Lázaro Cárdenas –y especialmente el sexenio de Lázaro Cárdenas– tuvieron una clara inclinación social y nacionalista. Había que aterrizar las conquistas revolucionarias (derechos laborales, derechos sociales, cuestión agraria, nacionalismo, soberanía, recursos naturales, rectoría económica del Estado, monopolios estatales, protección de la industria nacional, sindicalismo, separación de la iglesia y el Estado, derechos políticos, sufragio efectivo, no reelección, etc.) y hacerlas efectivas. Digamos que los presidentes se asumieron como continuadores de la Revolución, aún cuando México presenció algunos de los sexenios más cleptómanos de los que se tiene memoria (muy cleptómanos, pero también muy nacionalistas y revolucionarios, y eso de algún modo los redimía).

Conforme avanzó el siglo XX fue evidente que algo estaba mal. Ya no había latifundistas, pero había empresarios que concentraban la riqueza y había también una clase política enriquecida y corrupta. Ya no había aristocracia ni señoritos, como en tiempos de don Porfirio, pero existía una nueva clase privilegiada que en la práctica estaba por encima de la ley. Ser presidente, secretario de Estado, alto funcionario o gobernador, o ser empresario cercano a ellos, significaba amasar enormes fortunas. A pesar de los esfuerzos y de la visión social de los regímenes, las desigualdades económicas, culturales y sociales prevalecieron, aún considerando que durante los años 50 y 60 nuestra nación experimentó un crecimiento económico nunca antes visto (se hablaba del “milagro mexicano”). Fue una ilusión, porque entre 1970 y 1982 todo salió tan mal que el sueño revolucionario se hizo pedazos. Millones de mexicanos en pobreza y marginación esperaron infructuosamente el día en que la Revolución les hiciera justicia.

La década de los 80 fue un parteaguas en nuestra historia. El viejo anhelo revolucionario-nacionalista fue sustituido por una nueva visión: la apertura al mundo, el neoliberalismo. La apertura económica y el libre comercio fueron tendencia mundial, no mera ocurrencia de los presidentes De la Madrid y Salinas; tan es así que no sólo México cambió su rumbo y se abrió en esos años, también lo hicieron China y el bloque soviético. México ingresó al GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) en 1986 y poco después, ya con Salinas en la presidencia, se inició un proceso de privatización inédito: prácticamente todas la empresas del Estado, con excepción de los hidrocarburos, se pusieron a la venta y cayeron en manos de los más ricos. Y no sólo eso: también se negoció y se firmó con Estados Unidos y Canadá lo que en esos días se decía sería el acuerdo comercial más grande e importante del mundo: el NAFTA. El presidente prometió que este acuerdo traería riqueza, prosperidad y bienestar a todos los mexicanos. Más de tres décadas después constatamos que ni la visión nacionalista de los regímenes revolucionarios (López Portillo pensó que el problema de México sería cómo administrar la abundancia) ni la apertura económica de los neoliberales tuvieron éxito: las desigualdades y la miseria en la que viven millones de mexicanos son prueba de ello.

Siempre hay fuerzas contrarias que interactúan en la historia y tienden a anularse. En ciertas épocas unas prevalecen sobre otras. Cada vez que hay un cambio, una evolución, una revolución, habrá fuerzas que tenderán a impedirlo. Esas fuerzas constituyen la reacción y sus simpatizantes son los reaccionarios. A veces se tiene la idea de que un reaccionario es necesariamente un derechista o un conservador, pero esa idea es errónea. Los mencheviques eran reaccionarios porque se oponían a los bolcheviques, pero también los comunistas (es decir, los bolcheviques ya en el poder) que se opusieron a la Perestroika y la Glasnot, fueron la reacción que se opuso a la modernización y apertura de la Unión Soviética. En 1982 llegó a la presidencia de México un técnico y con él se instauró la era de los tecnócratas. Los gobiernos ya no se asumieron como revolucionarios y las grandes conquistas de la Revolución empezaron a mirarse como un estorbo. Claro que hubo sectores del PRI que vieron con malos ojos estos cambios: ellos fueron entonces la reacción (por raro que parezca, revolucionario y reaccionario en ese contexto fueron términos equivalentes). 

Desde el punto de vista económico, el sexenio de De la Madrid fue un desastre: la inflación y la devaluación llegaron a máximos históricos, pero no podemos cargarle todo el muerto a ese gobierno, sino más bien a los dos anteriores, el de José López Portillo y el de Luis Echeverría, quizá los últimos gobiernos revolucionarios. Hubo un sector del PRI que se dio cuenta de que los tecnócratas estaban perdiendo el sentido social-nacionalista y estaban abandonando los ideales de la Revolución. Ese sector del PRI estaba destinado a escindirse. Una especie de justicia histórica quiso que Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente más revolucionario y social, se separara del partido y fundara una coalición a la que llamó Frente Democrático Nacional, que poco después se convertiría en el Partido de la Revolución Democrática. 

Las principales consignas de los priístas disidentes eran dos: mayor democracia interna en el partido y rechazo a las políticas económicas neoliberales. Y como vieron que el PRI tecnócrata no recularía, estos priístas se separaron. Los principales fundadores del PRD fueron tres priístas: Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez. Hay una ironía que subyace en el nacimiento del PRD, un partido que exigía democracia ya: 1) Cárdenas fue senador y gobernador de Michoacán por el PRI, y su designación para ambos cargos fue cupular; 2) Muñoz Ledo sirvió como secretario del trabajo a uno de los presidentes más autoritarios de nuestra historia, Luis Echeverría, pero en aquel entonces no le pareció a Muñoz Ledo que la falta de democracia del partido fuera un problema; 3) Ifigenia Martínez sirvió fielmente al PRI, incluso fue diputada federal entre 1976 y 1979, época en que la designación de candidatos era palomeada por el presidente, es decir, era vertical, pero tampoco en aquel entonces le pareció a Ifigenia que la falta de democracia en el PRI fuera un problema. Qué bueno que a final de cuentas los tres principales fundadores del PRD se convencieron de que era necesario democratizar al PRI, y al ver que sus ideas no serían secundadas, se marcharon. Pero no era la falta de democracia interna lo que realmente les horrorizaba, sino el neoliberalismo.

Si el sexenio de De la Madrid se distinguió por el inicio de la apertura económica y la tecnocratización de la función pública, la administración de Carlos Salinas fue más allá de todo lo que un rancio revolucionario podía concebir. En 1982 José López Portillo nacionalizó la banca, pues le pareció que la oligarquía estaba saqueando a México y se sintió con el deber de defender al peso como un perro. Seis años después, Salinas inició el proceso de privatización más grande de nuestra historia, y, claro, la banca volvió a manos privadas (hoy está en manos de los extranjeros). El PRI fiel a la revolución tuvo en José López Portillo a su último presidente. Así lo dijo él en una entrevista: «Fui el último presidente de la Revolución». En 1992, en pleno apogeo de la administración de Salinas, o sea, la mera época del neoliberalismo rampante, López Portillo criticó duramente al gobierno: «el país vive cambios que van a contrapelo de nuestros antecedentes revolucionarios.» La Revolución Mexicana era y es, a juicio de los revolucionarios, incompatible con la apertura económica, es decir, con el neoliberalismo, al que consideran una especie de perverso y mórbido neoporfirismo. No privatización, sino nacionalización: debe siempre prevalecer el sentido social y nacionalista del gobierno, y orientarse a los ideales revolucionarios de justicia y dignidad. La Revolución logró que el Estado tuviera la rectoría económica para beneficio de los más pobres, pero el neoliberalismo ha concentrado la riqueza en unos cuantos. Un gobierno revolucionario debe enmendar el camino, y el nobilísimo fin que persigue justifica cualquier medio, aún si el precio que debe pagarse es la democracia –la historia nos ha mostrado que ninguno de los gobiernos de la Revolución se distinguió por democrático. 

El PRI fundamental, ese PRI que llegó a su apogeo en los años 70 (Cárdenas, Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez llegaron al cenit de sus carreras priístas durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo), ha sobrevivido, primero en el PRD y ahora en Morena, cuyo fundador también fue un priísta nacionalista y revolucionario. Morena nació de la escisión del PRD, y éste de la escisión del PRI. El PRI genuinamente revolucionario tuvo en José López Portillo a su último presidente. El PRI neoliberal (De la Madrid, Salinas, Zedillo, Peña Nieto) traicionó a la Revolución. En 1988 los priístas fieles a la Revolución fundaron su propio movimiento y ganaron la elección. El PRI tecnócrata y neoliberal les hizo fraude y perpetuó el neoliberalismo tres décadas más.


Quizá José López Portillo no fue el último presidente de la Revolución. A juzgar por el resultado del 1 de julio, Andrés Manuel López Obrador acaba de instaurar una nueva era de presidentes revolucionarios. La venganza de los priístas fieles a la revolución se ha consumado.

jueves, 26 de julio de 2018

AMLO 2018: entendiendo la victoria, asimilando la derrota

Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, versión impresa, número de julio 2018, p. 42. Descarga o visualiza el PDF de la revista aquí.

«Victory has a thousand fathers, but defeat is an orphan»
John F. Kennedy


Andrés Manuel López Obrador no solo ganó: arrasó, aplastó, fulminó. En lugar de que Belinda cantara «El baile del sapito» en el cierre de campaña, debieron invitar a Thalía para que cantara «Arrasando». Y no sólo ganó la presidencia, sino también tendrá el control del Congreso de la Unión. Fue una victoria total.

Para darnos una idea de la tremenda magnitud del triunfo, he aquí algunos datos duros:

Presidencia
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Anaya (22,49%) fue mayor de 2 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Meade (16,40%) fue mayor de 3 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre El Bronco (5,13%) fue mayor de 10 a 1.

Senadores de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 24 de 32 entidades (75%).
PAN-PRD-MC ganaron 6 de 32 entidades (18,75%).
PRI y aliados ganaron 1 de 32 entidades. (¡Sí: solo una!) (3,12%)
Movimiento ciudadano ganó 1 de 32 entidades.
Ratio de Morena sobre el PAN: 4 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI y MC: 24 a 1.

Diputados de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 218 de 300 distritos electorales (72,66%).
PAN y aliados ganaron 67 de 300 distritos electorales (22,33%).
PRI y aliados ganaron 15 de 300 distritos electorales (5%).
Ratio de Morena sobre el PAN: más de 3 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI: casi 15 a 1.

De este tamaño ha sido la victoria de AMLO. De ese tamaño ha sido la derrota del PRI.

El PRI, aferrado a sus PRIvilegios, se figuró que podía ganar golpeando a Anaya mediante el uso abusivo y faccioso de la PGR. No lo logró. Sí logró que la campaña de Anaya no despegara y que gente de buena voluntad pensara ingenuamente que el PRI estaba en segundo lugar y que podía ganar; de ese modo el PRI destruyó la posibilidad del voto útil. Pero esa es otra historia. AMLO ganó con méritos propios y los resultados son implacables. 

La victoria de López Obrador era esperada. Yo creo que nadie se sorprendió, salvo Meade y Anaya, que estaban seguros de ganar, al menos eso decían públicamente, lo cual es comprensible, pues ni modo que dijeran: «oh, Dios, ya perdimos, no tenemos esperanza»; pero ni siquiera ellos ni sus equipos podían, por más que quisieran, no ver la debacle que se avecinaba. El triunfo de AMLO se veía venir. Podrá decirse que llevaba doce años en campaña, que aprovechó spots de MORENA para difundir su imagen cuando era presidente de dicho partido, y que por la tanto inició con ventaja el proceso electoral (lo mismo hizo Anaya), y muchas otras cosas más, pero lo cierto es que en esta tercera ocasión, todo le salió bien. 

Su campaña fue casi perfecta. Aprendió de los errores que cometió en el pasado y se hizo de una brillante e inteligente coordinadora: Tatiana Clouthier (también Yeidckol Polevnsky y Alfonso Romo desempeñaron un rol importante). Una y otra vez, la carismática Clouthier exhibió a sus homólogos, especialmente al del PRI, Aurelio Nuño, mientras Polevnsky hacía lo propio con los presidentes del PRI, Enrique Ochoa primero, René Juárez después. Incluso antes de iniciar campañas, los spots de Morena mencionaban a AMLO sin decir su nombre: «estaremos mejor con ya sabes quién». Y todos los mexicanos de repente empezamos a usar el «ya sabes quién» en el lenguaje cotidiano. Nadie negará que el tabasqueño tiene una especial habilidad para crear frases que se quedan en el habla popular, y así decimos, para cualquier cosa, «eso no lo tiene ni Obama», que no te den «frijol con gorgojo», eres un «fifí, señoritingo», «la mafia del poder», «abrazos, no balazos», «nos están llevando al despeñadero», y tantas otras más. Mientras Anaya y Meade hacían sus cierres de campaña y sólo ellos y sus seguidores sabían dónde, AMLO hacía un AMLOFest en el Estadio Azteca del cual todo México se enteró: «estrella del rock and roll, presidente de la nación». Sus contrincantes nunca pudieron seguirle el paso y hasta se dio el lujo de llamar a uno de ellos «ternurita». Marcó la agenda de principio a fin, como si ya fuera el presidente electo, y centró en su persona todos los reflectores. 

En suma, las causas intrínsecas del triunfo fueron la impecable campaña, la muy eficaz coordinación de Tatiana Clouthier y, claro, no podemos dejar a un lado el carisma personal del tabasqueño. Pensemos de él lo que pensemos y digamos lo que digamos –personalmente no estoy de acuerdo en muchas de sus propuestas, tal como las formuló en campaña–, nadie puede negar que conecta con la gente, que es casi venerado por multitudes, que su figura está rodeada, a los ojos y sentires de muchos, de un halo muy difícil de concebir y de explicar. Ninguno de los otros candidatos se le acerca en este rubro ni mínimamente. Los seguidores de AMLO demostraron ser los más fieles, más combativos y más proactivos del mercado electoral. Lo constatamos en cientos de mítines: multitudes rodeaban al tabasqueño y lo tocaban como si se tratara de un santo o un gurú. Incontables personas esperaban el momento en que se acercara AMLO, no tanto para pedirle una selfie, sino para abrazarlo y pedirle que les impusiera las manos. Fanatismo, dirán sus detractores. Lo cierto es que los demás candidatos quedaron muy lejos de lograr estos niveles de empatía. AMLO no sólo fue un candidato: fue un fenómeno mediático sin precedentes, casi un Jesus Christ Superstar (por aquello del mesías tropical).

Mucha gente con la que conversé en los meses de campaña me decía que AMLO nunca llegaría a la presidencia, que no se lo permitirían. ¿Quién no se lo va a permitir?, preguntaba. El PRI no lo permitirá, los grandes empresarios no lo dejarán, decían. En todo momento estuve seguro que la transparencia y la limpieza del proceso electoral estaban más que garantizadas por el INE, por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y por los miles y miles de ciudadanos que participarían como funcionarios de casilla durante la jornada electoral. A mi juicio, y a estas alturas de nuestra historia, era imposible hacer trampa. Algunos reprocharon mi ingenuidad. Lo cierto es que fue tan aplastante el triunfo que era imposible ocultarlo. El PRI no ganó ni en el Estado de México, su gran bastión. Ya no digamos el EdoMex: ni siquiera ganó en Atlacomulco. AMLO fue el candidato que más votos recibió en 31 de las 32 entidades federativas. Este dato es apabullante. Sólo Anaya obtuvo más votos en Guanajuato. Muchos creían que nadie votaría por AMLO en los Estados del norte, pero resulta que en todos los estados del norte, sin excepción, obtuvo más votos que sus contrincantes. Ganó el norte, ganó el sur, el centro, el este, el oeste. También decían que sólo la gente con menos instrucción académica votaba por él, pero resulta que en todos los niveles educativos, incluidos maestría y doctorado, AMLO obtuvo más votos que nadie.

También existen causas extrínsecas que explican esta tremendísima victoria: el propio presidente Peña, los infames gobernadores del Nuevo PRI, la inmoral corrupción que imperó durante el sexenio, el alza generalizada en los combustibles y la violencia galopante en todo el territorio nacional. Corrupción y violencia anularon los logros del gobierno federal. Estos logros –los hubo– fueron sobrepujados por los escándalos de corrupción que ensuciaron al mismo presidente y a su familia. Algunos priístas ya empiezan a hablar de la «generación de la vergüenza».

Otro aspecto extrínseco que hay que considerar está en las reformas estructurales. Para lograrlas, Peña hizo lo que parecía imposible –y en este sentido su sexenio empezó muy bien–: logró el consenso del PAN y del PRD. En febrero de 2014 Peña apareció en la portada de la revista Time como el salvador de la nación: Saving Mexico. AMLO desde un primer momento se deslindó del PRD y se opuso férreamente a las reformas, de modo que a la hora en que los mexicanos se sintieron defraudados por los supuestos beneficios que traerían dichas reformas (por ejemplo, que bajaría la gasolina; no sólo no bajó, sino que subió casi 100%), AMLO quedó libre de mácula y pudo señalar con su dedo a los culpables. Así nació Morena, de este desacuerdo entre el tabasqueño y «los chuchos», que tenían el control del PRD –y lo siguen teniendo, al menos sobre lo que queda del PRD, que es casi un cadáver; como dice la canción: «dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada…»–. Un porcentaje muy grande de mexicanos empezó a ver el «Pacto por México» como un engaño más y AMLO supo perfectamente canalizar en su favor esta desilusión.


Viendo las cosas con mayor detenimiento y con la cabeza fría, creo que a AMLO le convino ganar hasta ahora. De haber triunfado en 2006, habría encontrado un congreso hostil y no hubiera podido hacer mucho. Peor en 2012, porque habría encontrado un PRI empoderado y a la cabeza en muchas gubernaturas. Quién sabe. Habría sido interesante ver a AMLO lidiar con los Moreira, los Duarte, los Borge, los Medina y demás miembros de «la generación de la vergüenza». Ahora en 2018 lo tiene todo: será presidente y tendrá el legislativo federal y muchos congresos locales a su disposición. Así que no habrá pretexto: la mesa está puesta para que se convierta en el mejor presidente de la historia. Pero cuidado: tanto poder en sus manos también es mesa puesta para convertirse en el peor gobernante de nuestro accidentado devenir. Por el bien de México, hago votos para que suceda lo primero.

El ilegal decreto de López Obrador

El ilegal decreto de López Obrador Por Venus Rey Jr. 1. El decreto que emitió hace unos días el presidente López Obrador para “blindar” sus ...