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jueves, 25 de noviembre de 2021

El ilegal decreto de López Obrador

El ilegal decreto de López Obrador



Por Venus Rey Jr.


1. El decreto que emitió hace unos días el presidente López Obrador para “blindar” sus proyectos estratégicos, es tan ilegal como los narcóticos ilegales. No se espante, estoy usando la hipérbole como recurso narrativo, pero el decreto es ilegal y voy explicar las razones.


2. El pasado lunes 22 de noviembre se publicó este decreto en el Diario Oficial. El texto ordena que los proyectos y obras del gobierno federal (aeropuerto Felipe Ángeles, refinería Dos Bocas, Tren Maya y lo que el presidente añada y quiera) son declarados de “interés público” y “seguridad nacional”, “estratégicos” y “prioritarios”, y por tal motivo se “blindan” contra trabas administrativas.


3. El presidente invoca la facultad reglamentaria que le confiere el artículo 89 constitucional en su fracción primera. ¿Qué lugar ocupa este “decreto” dentro de la jerarquía normativa nacional? Como usted sabe, el pináculo del sistema jurídico es la constitución y los tratados en materia de derechos humanos. En un segundo nivel están los tratados internacionales en general, y en un tercer nivel, ocupando la misma jerarquía, tenemos al derecho federal, por un lado, y a los derechos de los Estados, por otro lado. En un nivel todavía inferior estarían los reglamentos, que son emitidos por el presidente de la república o por los gobernadores, según se implementen para mejor proveer en la esfera administrativa federal o estatal. 


4. El decreto del presidente Obrador no es ni siquiera un reglamento. Es un simple y vil acuerdo. No digo “vil” en sentido peyorativo, sino para hacer énfasis en su muy menor jerarquía normativa. Vaya, es prácticamente una circular. Y el problema no es ese. El problema es que a través de este “decreto” el presidente quiere dejar sin efecto el derecho administrativo de la federación. Eso es ilegal como las anfetaminas, o incluso más. ¿Por qué? Porque todo proyecto gubernamental requiere, por ley, permisos, revisiones y dictámenes en lo administrativo, en su viabilidad, en la cuestión ambiental, sanitaria, demográfica, etcétera, y además es susceptible de vulnerar garantías y derechos de terceros y de comunidades enteras. Este “decreto” obliga a todas las dependencias y agencias federales a autorizar provisionalmente, “fast track”, y sin revisión alguna, en el plazo de cinco días hábiles, los dictámenes, permisos o licencias necesarias para iniciar los proyectos u obras del presidente. Si transcurre el plazo de cinco días sin que la autoridad resuelva, se entiende que autoriza. Desde el punto de vista jurídico esto es tan ridículo que nadie debería reír. Podría hacer nugatorio el juicio de garantías.


5. Aclaro que lo que estoy diciendo no tiene que ver con las obras insignia de este gobierno. Personalmente veo con beneplácito el Tren Maya, tengo dudas sobre Dos Bocas y me parece un capricho la cancelación del aeropuerto de Texcoco, que supuestamente se canceló por tremenda corrupción, pero no hay nadie en prisión por esos hechos, sino, al contrario, muchos de los contratistas que construían Texcoco, además de ser prolijamente indemnizados, ahora están participando en los mega proyectos presidenciales. Pero eso es otro tema. Lo que me interesa destacar es el desprecio al Estado de Derecho que supone este “decretazo”.


6. El presidente Obrador es muy dado a “decretar”. He visto decretos malos y chirriantes, como aquel de 23 de abril de 2020 (en su momento lo comenté), según el cual, para salir avante en la pandemia, se iban a crear “por decreto” al menos dos millones de empleos para antes de que terminara aquel año. Todos sabemos que no se crearon esos empleos. Al contrario, se perdieron millones. Aquel “decreto” fue producto de la fantasía y muestra lo ridículo que puede llegar a ser el presidencialismo mexicano (no lo digo por Obrador, sino por todos los presidentes mexicanos que son siempre abusivos y ególatras: nacionalizan por decreto, privatizan por decreto, “crean” empleos por decreto, regulan la paridad por decreto, se dan a sí mismos honores, pensiones y seguridad por decreto… etcétera).


7. Yo entiendo que el presidente Obrador sienta frustración al ver cómo las trabas administrativas y los amparos ralentizan sus proyectos, y tampoco soy tan ingenuo para pensar que muchas de esas trabas y amparos son utilizados por quienes se oponen a dichos proyectos, con la intención de que fracasen y para hacer ver mal al presidente. Pero la forma de combatir este, digamos, “boicot jurídico”, no es un “decretazo” al estilo de república bananera que rompa la jerarquía normativa. Ahí está la normatividad que rige la administración pública federal, y todas esas leyes no pueden ser pasadas por alto a través de una circular o acuerdo del presidente, pues la facultad reglamentaria nunca permite al jefe del ejecutivo ir más allá de las leyes.


8. Y no solo este “decreto” va más allá de las leyes federales, a las cuales de facto deroga, sino también se alza contra la constitución. Mire usted que por mandato constitucional toda obra, todo proyecto, toda acción, todo lo que haga el gobierno federal debe ser absolutamente público y transparente, y solo podrá ser reservada información por razones de interés público y seguridad nacional (artículo 6, A, I). Este “decretazo” es un cheque en blanco, pues faculta al presidente para decir de manera discrecional y sin rendir cuentas a nadie, cuáles de sus obras, acciones y proyectos son de interés público y seguridad nacional, no solo Felipe Ángeles, Dos Bocas y Tren Maya, sino prácticamente cualquier obra o proyecto que el presidente quiera. El “decreto” es una estaca clavada en el corazón de la transparencia, y, por tanto, un salvoconducto a la corrupción, que, según el presidente, es lo más horrible que existe en el planeta.


9. El presidente dice con mucha frecuencia algo que sus seguidores recitan de memoria: “al margen de la ley, nada; por encima de la ley, nadie”, pero el “decreto” mismo está al margen de la ley, y de facto ensalza a Obrador por encima de la ley. Es cuestión de tiempo para que la Suprema Corte de Justicia lo declare anticonstitucional. 


10. Y para terminar, ¿se ha preguntado por qué México está desde siempre estancado, sumido en la violencia, la corrupción y la pobreza? Si es usted simpatizante de Obrador, en automático dirá que por culpa de los conservadores neo-liberales, y si usted es de los que no soporta a Obrador dirá, también en automático, que es por culpa de él. A ese nivel está la discusión, la obcecación y la polarización. La historia de México muestra una y otra vez que siempre hay culpables del fracaso perenne: los realistas en la Independencia, los conservadores en la intervención francesa y en la Reforma, los extranjeros, terratenientes y empresarios en la Revolución; la oposición durante el régimen priísta; y ahora los malvados neo-liberales. Es muy fácil señalar culpables cuando tus políticas no funcionan. Insisto, no lo digo por el actual presidente, sino por todos. 


11. En mi opinión, y ya escribiré sobre ello más adelante –estoy preparando un texto grande y sustancioso–, el verdadero problema de nuestro país es el régimen presidencial. La historia no se cansa de mostrarnos que cuando el poder político se concentra tanto en una persona, las posibilidades de abuso, estupidez y error crecen exponencialmente. El régimen presidencial permite a los sujetos que han sido presidentes “decretar” como dioses y gobernar como demonios. Mientras exista nuestro presidencialismo, los mexicanos seguiremos siendo víctimas del abuso, la sinrazón y la prepotencia, y el país seguirá sumido en la desgracia.


Mi artículo fue publicado el jueves 25 de noviembre de 2021 en el portal de noticias del periodista Eduardo Ruiz Healy: https://ruizhealytimes.com/opinion-y-analisis/el-ilegal-decreto-de-lopez-obrador/ 


jueves, 25 de febrero de 2021

Traición a la patria de los abogados: ¿exageración o realidad?

Por Venus Rey Jr



1. El gremio de los abogados –gremio al que también pertenezco– manifestó preocupación por lo que dijo el presidente Obrador en la conferencia matutina del lunes 22 de febrero. En relación a la reforma eléctrica que envió al Congreso, dijo: “Una vergüenza que abogados mexicanos estén de empleados de empresas extranjeras que quieren seguir saqueando a México; claro que son libres, pero ojalá vayan internalizando que eso es traición a la patria.”

2. Para los seguidores del presidente y simpatizantes duros de Morena, las palabras de AMLO son cómo música para los oídos. Revive el discurso decimonono de conservadores vs liberales, siendo los primeros malos-malos-malos, y los segundos buenos-buenos-buenos. Los conservadores son los traidores de la patria; los liberales son sus defensores.

3. A principios de 2014, López Obrador presentó una denuncia contra el entonces presidente Peña Nieto, acusándolo de traición a la patria, pues según el político tabasqueño, la reforma energética se negoció en Londres y en Washington para que las grandes empresas del sector se apoderaran de la riqueza de México, lo cual, a su juicio, constituía el referido delito. La denuncia no prosperó, ni en tiempos de Peña ni ahora con la Fiscalía bajo el mando de Gertz Manero. Probar que una reforma constitucional fue ordenada por británicos y estadounidenses en Londres y Washington es virtualmente imposible. Pero como discurso es muy bueno y sigue dando frutos.

4. Si uno analiza el tipo penal de “Traición a la patria”, se aprecia que se trata de un delito complejo y multimodal, que en muchas de sus hipótesis presupone un estado de conflagración. Analizando las diversas fracciones del artículo 123 del Código Penal, no veo factible que se configure el delito si un abogado mexicano representa a una empresa extranjera del sector energético en un litigio.

5. El delito se castiga hasta con cuarenta años de prisión. Así que, si de verdad López Obrador cree que los abogados que trabajan o representan a las compañías extranjeras que operan en México en el sector eléctrico, y en general en el sector de energía, cometen el delito de traición, la Fiscalía General de la República va a tener mucho trabajo preparando expedientes para incriminar a un sinnúmero de abogados y despachos. ¿Por qué? Porque la reforma eléctrica que va a aprobar el Congreso provocará una lluvia de amparos. Los más contentos con la reforma eléctrica van a ser las grandes firmas legales. Van a “hacer su agosto”. Y van a “hacer su agosto” no porque sean malos y pérfidos y se coludan con los extranjeros para hundir a México, sino porque la reforma eléctrica es anticonstitucional y además atenta contra el TEMEC –en otro momento hablaré de eso–.

6. López Obrador es muy hábil. Lo que dijo podrá parecer a muchos de sus despistados opositores una ocurrencia “al calor de la mañanera”, pero no. Obrador habla a sus seguidores y los exalta. Si los abogados que trabajan y representan a extranjeros en litigios contra México cometen traición a la patria, ¿qué podríamos decir de los jueces que van a resolver esa lluvia de amparos que está por caer una vez que la reforma eléctrica agote el proceso legislativo?

7. Si la reforma eléctrica es inconstitucional, no sólo los particulares afectados promoverán amparos, también los grupos minoritarios del congreso podrán plantear una acción de inconstitucionalidad. Si los jueces empiezan a resolver amparos en favor de las empresas extranjeras, como es previsible, López Obrador podrá decir que sí, que es verdad que intereses oscuros corrompen a la judicatura y que hay que purgarla, y sus seguidores van a estar encantados con ese discurso. Y si se planteara una acción de inconstitucionalidad, entonces la Corte se vería entre la espada y la pared, pues un fallo que declare inconstitucional la reforma eléctrica del presidente los haría ver, ante los ojos de los lopezobradoristas, como traidores. Recordemos lo que dijo el muy apreciado –muy apreciado por la cúpula de Morena, quiero decir– Félix Salgado Macedonio hace unos meses: “estaremos aquí planteando [en el senado] la desaparición de la Corte.”

8. Y eso no es todo. Como la reforma eléctrica privilegia a la CFE, que tendrá preferencia (por no decir monopolio) en todo lo que tenga que ver con electricidad, se estará violando el TEMEC y nuestro país podrá ser demandado en instancias internacionales. Si el Estado mexicano pierde los litigios, Obrador podrá decir que tenía razón, que desde Washington y Londres se ordenó la reforma para México y que no queda más remedio que cerrar filas y asumir un estoicismo patriótico contra la conspiración internacional.

9. Toda persona, física o moral, nacional o extranjera, tiene derecho a representación legal. Es un derecho constitucional. Decir que los abogados mexicanos que representan a las empresas extranjeras cometen traición a la patria es tanto como decir que las personas morales extranjeras no tienen derecho de ser representadas legalmente ni tienen el derecho de defenderse en los tribunales, lo cual es absurdo. Si la reforma eléctrica es vencida en amparos, en acciones de inconstitucionalidad y en litigios internacionales, podremos decir que la lealtad de los congresistas de Morena no fue con la Constitución al aprobarla, sino con el presidente.

10. Así como los congresos dominados por el PRI aprobaron tantas cosas nocivas para México sólo porque el presidente en turno lo ordenaba, destruyendo una y otra vez al país, así los legisladores de Morena, que aprueban lo que viene del presidente sin modificar una coma, sin analizar, sin ejercer la libertad y la responsabilidad, podrían dañar al país si no tienen cuidado en lo que legislan. La lealtad de los congresos priístas del 1934 al 2000 era con México y con la Constitución, no con el Imperator o Calígula en turno. Lo mismo debe decirse de la lealtad del actual Congreso de la Unión: es con la Constitución y con el Estado Mexicano, no con el presidente. Yo no tengo ninguna cortedad para afirmar que el régimen priísta traicionó una y otra vez al pueblo de México. Y lo mismo los llamados gobiernos neoliberales. No vaya a ser que suceda lo mismo con la cuarta transformación, porque el Congreso está bailando al son que les marca el presidente.

11. Y hablando del ejercicio de la profesión, la única lealtad que debe tener un abogado es con la ley, con el Estado de Derecho, con la Constitución y con la Justicia, aunque esto parezca una carta a Santa Claus y sólo lo crean las abuelitas de los abogados.

12. El presidente se ha distinguido por hacer afirmaciones duras que encienden ánimos. Ya estamos en el tercer año de gobierno. La verdad es que la reacción del gremio de los abogados fue también estridente, como si ya los estuvieran llevando al Cerro de las Campanas, patíbulo de conservadores. El presidente dice muchas cosas, y lo hace porque le funciona de maravilla: mientras más radicales son sus dichos, más contenta está su gente. Como dice una canción de Bob Dylan: “The more, the merrier”. Ya debería ser la hora en que no se espantaran tanto sus opositores. Seguirá diciendo todos los días cosas como eso de la traición a la patria. Pero, en mi limitada opinión, es más estridencia que peligro.

13. Y ya para terminar, dos cuentos. En uno de ellos, la princesa Amanecer y su amigo Terri llegan a una ciudad donde todos los habitantes están en silencio para no despertar al temible Ronquidón, pues temen que si se despierta, los destruirá. La vida de estos seres es miserable y viven siempre con miedo. Llega el día tan temido por ellos: Cascarrabias y su torpe dragón hacen tal ruido persiguiendo a la princesa y su amigo, que despiertan a Ronquidón. ¡Dies Irae! Pero no. Ronquidón es un ser inofensivo y diminuto cuyos pequeños ronquidos eran amplificados por el eco de un campanario, y eso hacía pensar a los habitantes que se trataba del ronquido de un terrible monstruo. Así que despertó Ronquidón y… No pasó nada. El segundo cuento es terrible, porque de hecho sucedía. Los aztecas pensaban que si no hacían sacrificios humanos todos los días, el sol ya no saldría al día siguiente y el mundo acabaría. Hubo un día en que no hubo el tal sacrificio. No pasó absolutamente nada.

El despertar de Ronquidón

Mi artículo fue publicado el día de hoy en la plataforma del periodista Julio Hernández “Astillero”. Puedes verlo en este link: https://julioastillero.com/traicion-a-la-patria-de-los-abogados-exageracion-o-realidad-autor-venus-rey-jr/

miércoles, 19 de septiembre de 2018

¿Ya inició la Cuarta Transformación?

Por Venus Rey Jr

Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, septiembre de 2018, página 19. Descarga el PDF de la revista aquí.

Primera Transformación: Independencia. Segunda Transformación: Reforma.
Tercera Transformación: Revolución. Cuarta Transformación: AMLO.


El día sábado primero de septiembre de 2018 dio inicio la llamada Cuarta Transformación. Ese día se inauguró en San Lázaro el primer periodo ordinario de la LXIV Legislatura. Aquel día, Andrés Manuel López Obrador empezó a gobernar.

Desde antes que iniciaran las campañas, el fundador de Morena llevó la batuta y fijó la agenda. Siempre estuvo varios pasos adelante de sus competidores. Cuando ellos apenas iban, Andrés Manuel ya venía de regreso. La desesperación de los contrincantes se fue haciendo cada vez más notoria conforme se acercaba el 1 de julio. Las cosas llegaron a un punto en el cual, pasara lo que pasara, la gente votaría por el tabasqueño, así lo vieran, parafraseando a Trump, disparando contra alguien, no en la quinta avenida de Nueva York, pero ponga usted en la avenida Juárez, Madero o en el Eje Central Lázaro Cárdenas (ya ve usted que Juárez, Madero y Cárdenas son sus paradigmas). Ese fue el grado de convicción que alcanzaron sus votantes. Y mientras, del otro lado, muchos vacilaban y no sabían si votar por el del PRI o por el del PAN, porque, hay que decirlo, el PRI se dedicó a atacar a Anaya desde el principio, e hizo creer al sector más crédulo del electorado que estaban en segundo lugar en las preferencias y a tiro de piedra de Andrés Manuel. Mentiras deliberadas que pagaron con la más estrepitosa y humillante derrota de su historia.

La Cuarta Transformación que planteó AMLO fue un éxito desde el primer momento. Ese nombre, que podría parecernos chocante y presuntuoso –lo es–, sintetiza con exactitud el enorme desprecio que millones de mexicanos sienten hacia la corrupción y el PRIvilegio. Andrés Manuel encontró la fórmula idónea para que el electorado se convenciera de que PRI y corrupción eran sinónimos. Tan la encontró, que el candidato del PRI también adoptó un discurso anti-corrupción, que nadie le creyó, por cierto. Todo México, incluidos los cuatro candidatos, alzaron la voz y se manifestaron en contra de la corrupción. Andrés Manuel logró posicionarse como el único candidato que no era corrupto, y en tal virtud, como el único candidato que podría acabar con este mal, al modo que se barren las escaleras: “de arriba para abajo”. Si un presidente pretende erradicar la corrupción, él mismo debe ser honesto (honesto-honesto, honesto-honesto, como dijo El Bronco en un debate) y estar limpio de todo mal. Y si bien sobre la figura del presidente electo pesan sospechas de corrupción durante la construcción del segundo piso del periférico, lo cierto es que nunca se le ha comprobado nada, a pesar de que el PRI, haciendo uso de todo el aparato gubernamental, lo habrá investigado hasta el tuétano. Pero nunca nadie le ha podido comprobar un mínimo acto de corrupción.

La Cuarta Transformación es, en primera instancia, un movimiento nacional de repudio a la corrupción y a los privilegios de los altos funcionarios. AMLO, que es un hombre culto, leído y conocedor de nuestra historia (ha escrito una veintena de libros de los cuales sus detractores acusan ghost writing, pero ni siquiera eso han podido comprobar), sabe de la importancia de los símbolos. Mientras los otros dos candidatos mostraban avidez por llegar a Los Pinos e instalarse ahí con sus familias, AMLO propuso cerrar esa residencia oficial, pues es símbolo del presidencialismo neoporfirista-neoliberal, un presidencialismo aberrante que únicamente ha gobernado para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La propuesta del tabasqueño fue que Los Pinos se convirtiera en un espacio público para la cultura y el esparcimiento. Y claro, todo mundo recibió la propuesta con gran entusiasmo. ¿Por qué? Por el gran golpe y sacudida que significaba para los gobiernos panistas y priístas, que asentaron sus reales en Los Pinos con indolencia y vanagloria. Lo mismo puede decirse del avión presidencial.

Pero la simbología no acaba en Los Pinos, sino se extiende a las figuras de los expresidentes, en este caso, los villanos de esa película de horror llamada Historia Mexicana. La propuesta de acabar con las pensiones de los exmandatarios fue rechazada por la clase política en funciones, y muchos analistas se refirieron a ella como una propuesta populista que en nada contribuiría a solucionar nuestros problemas. Quitar las pensiones a los expresidentes, decían, no va a acabar con la pobreza ni con la corrupción. Pero ese no era el punto y nunca lo fue. Cualquier persona medianamente pensante sabe que dejar a Echeverría, Sasha Montenegro, Paloma Cordero, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña sin pensión de nada sirve para que millones de mexicanos puedan superar la pobreza en la que están inmersos desde hace varias generaciones (incluso generaciones que existían desde antes de la Revolución Mexicana). Eso lo sabe usted, lo sé yo y lo sabe Andrés Manuel. De lo que se trata es de castigar a los villanos de la película, de dejarlos sin dinero y sin privilegios, porque ellos son los que más daño han hecho al país, y encima de ese daño, resulta inmoral tener que pagarles para que puedan vivir como jeques saudíes. Por eso la propuesta fue y es aclamada por millones de mexicanos. Golpear a los expresidentes de este modo es hacer énfasis en que gobernaron no para los mexicanos, sino para la mafia del poder (not for the many, but for the few, parafraseando en sentido inverso a Jeremy Corbyn). Esta propuesta ha sido música para los oídos del electorado. Meade y Anaya no supieron adaptarse a las condiciones que imponía AMLO, y en la naturaleza como en la política, el que no se adapta se extingue. Mientras México vitoreaba la propuesta de Andrés, Meade afirmaba que no quitaría estas pensiones.

La idea de una Cuarta Transformación es genial. El PRI, y en menor medida el PAN, proponían continuidad. El pobre de Meade cavó su tumba política desde que en una comparecencia ante el Senado, en octubre de 2017, y todavía como secretario de Hacienda, confesó que en 2012 él había votado por Enrique Peña Nieto. Y claro, los senadores priístas, que eran los más (ahora son los menos) le aplaudieron como focas de acuario. Poco después Meade se convirtió en el candidato del PRI y, por más que intentó, fue incapaz de deslindarse del desprestigio de la marca. Créame: la marca “PRI” está tan desprestigiada que hace unos días el propio Peña Nieto –o sea, el máximo líder priísta– sugirió que se cambiara el nombre al partido, porque así no iba a funcionar. Meade basó su campaña en ensalzar la gestión de Peña Nieto y en ofrecer continuidad. Y no es que estuviera loco. No. La verdad es que el gobierno de Peña Nieto ha sido satanizado, pero si lo evaluamos con cabeza fría y con datos y números en la mesa, nos daremos cuenta, por difícil y paradójico que sea reconocerlo, que el balance general es positivo; pero esa es otra historia. Donde sí falló Peña fue en el tema de la violencia. 2017 fue el año más violento de nuestra historia, desde que se hacen mediciones con métodos científicos; mucho más que cualquier año de Calderón, a quien se atribuye el origen de este mal. Pues bien, 2018 lo está superando con creces. 2018 será el año más sangriento de nuestra historia. Pero, volviendo al punto, la Cuarta Transformación anunciaba una nueva era, una ruptura con el esquema político que tanta animadversión y hartazgo cosechó entre los mexicanos. Y AMLO se presentó como el único hombre que podría lograr tal cambio. Millones le creyeron.

La Cuarta Transformación se alza como un movimiento de la máxima envergadura: tan importante como la Independencia, la Reforma y la Revolución. De ese tamaño es la propuesta de AMLO, una propuesta histórica –y de ese tamaño es la imagen que Andrés Manuel tiene de sí mismo–; histórica en el sentido profundo del devenir, no de la mera efeméride. La intención de López Obrador al crear Morena fue la de hacer historia. Mientras la sensación que uno tenía al ver a los otros dos contendientes era la de pensar que si ganaba uno y otro, era porque ahora les “tocaba a ellos”, es decir, les “tocaba” estar en el poder y hacer negocios y beneficiarse por seis años; la sensación que provocaba AMLO era de que, finalmente, juntos haríamos historia. En otras palabras: sabíamos que los otros contendientes y sus allegados iban por el privilegio y por el varo (o baro, si usted prefiere, o sea: la feria); pero Andrés Manuel y Morena iban por la historia. Los detractores del tabasqueño minimizaban y ridiculizaban que él se las diera de intelectual con tanto libro publicado, y que se la diera de mesías. Queda claro que la compresión de AMLO de la historia mexicana es por mucho superior a la de sus adversarios, quienes decían: «qué intelectual va a ser, si es un bruto que no sabe ni hablar, ya no digamos inglés, sino español, y que se tardó casi tres lustros en acabar una licenciatura que dura cuatro años». La cultura no la da un título universitario, ni siquiera uno de Harvard o del MIT. Tampoco la da hablar inglés. La cultura se obtiene mediante toda una vida de lectura y reflexión profunda. No estoy diciendo que AMLO la tenga como si fuera Bertrand Russel o Theodor Mommsen –sí diría que es un hombre culto–, pero el uso magistral que hizo en su campaña al colocar a la historia como algo fundamental, no tiene parangón en nuestro pasado reciente. ¿Recuerda usted cómo se llamaban las otras dos coaliciones? Yo no. Pero “Juntos haremos historia” es un mote que nunca olvidaremos.


La Cuarta Transformación, y todo lo que ella implica, es necesaria y urgente. No porque la proponga AMLO, quien tuvo, en efecto, el acierto de proponerla y de hacerla el motor de su campaña. Todos –hasta Meade, que, como siempre he dicho, es un hombre honesto y un funcionario muy capaz– estuvimos convencidos de que el país no podía seguir en el camino que llevaba, que la corrupción, el privilegio, la pobreza, la desigualdad y la violencia tenían que llegar a su fin. Sólo una persona mezquina estaría en contra de un proyecto así. Yo no sé si AMLO sea capaz de lograrlo. Es una tarea que se antoja sumamente difícil, casi imposible. Lo que sí sé es que él fue el único candidato que supo entender el momento histórico que México vivía. También sé que el sábado 1 de septiembre AMLO inició su gobierno. ¿Será su gestión la mejor y más grandiosa de toda nuestra historia? No lo sé, ojalá que sí. Al menos esa es su pretensión, y eso, de suyo, es un cambio radical en la forma de hacer y concebir la política en nuestra accidentada patria: él no va por el “varo”, el poder o la vanagloria (quizá sus allegados sí; seguramente muchos de ellos sí): Andrés Manuel va por la historia. Ojalá que así sea.

jueves, 26 de julio de 2018

AMLO 2018: entendiendo la victoria, asimilando la derrota

Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, versión impresa, número de julio 2018, p. 42. Descarga o visualiza el PDF de la revista aquí.

«Victory has a thousand fathers, but defeat is an orphan»
John F. Kennedy


Andrés Manuel López Obrador no solo ganó: arrasó, aplastó, fulminó. En lugar de que Belinda cantara «El baile del sapito» en el cierre de campaña, debieron invitar a Thalía para que cantara «Arrasando». Y no sólo ganó la presidencia, sino también tendrá el control del Congreso de la Unión. Fue una victoria total.

Para darnos una idea de la tremenda magnitud del triunfo, he aquí algunos datos duros:

Presidencia
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Anaya (22,49%) fue mayor de 2 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Meade (16,40%) fue mayor de 3 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre El Bronco (5,13%) fue mayor de 10 a 1.

Senadores de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 24 de 32 entidades (75%).
PAN-PRD-MC ganaron 6 de 32 entidades (18,75%).
PRI y aliados ganaron 1 de 32 entidades. (¡Sí: solo una!) (3,12%)
Movimiento ciudadano ganó 1 de 32 entidades.
Ratio de Morena sobre el PAN: 4 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI y MC: 24 a 1.

Diputados de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 218 de 300 distritos electorales (72,66%).
PAN y aliados ganaron 67 de 300 distritos electorales (22,33%).
PRI y aliados ganaron 15 de 300 distritos electorales (5%).
Ratio de Morena sobre el PAN: más de 3 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI: casi 15 a 1.

De este tamaño ha sido la victoria de AMLO. De ese tamaño ha sido la derrota del PRI.

El PRI, aferrado a sus PRIvilegios, se figuró que podía ganar golpeando a Anaya mediante el uso abusivo y faccioso de la PGR. No lo logró. Sí logró que la campaña de Anaya no despegara y que gente de buena voluntad pensara ingenuamente que el PRI estaba en segundo lugar y que podía ganar; de ese modo el PRI destruyó la posibilidad del voto útil. Pero esa es otra historia. AMLO ganó con méritos propios y los resultados son implacables. 

La victoria de López Obrador era esperada. Yo creo que nadie se sorprendió, salvo Meade y Anaya, que estaban seguros de ganar, al menos eso decían públicamente, lo cual es comprensible, pues ni modo que dijeran: «oh, Dios, ya perdimos, no tenemos esperanza»; pero ni siquiera ellos ni sus equipos podían, por más que quisieran, no ver la debacle que se avecinaba. El triunfo de AMLO se veía venir. Podrá decirse que llevaba doce años en campaña, que aprovechó spots de MORENA para difundir su imagen cuando era presidente de dicho partido, y que por la tanto inició con ventaja el proceso electoral (lo mismo hizo Anaya), y muchas otras cosas más, pero lo cierto es que en esta tercera ocasión, todo le salió bien. 

Su campaña fue casi perfecta. Aprendió de los errores que cometió en el pasado y se hizo de una brillante e inteligente coordinadora: Tatiana Clouthier (también Yeidckol Polevnsky y Alfonso Romo desempeñaron un rol importante). Una y otra vez, la carismática Clouthier exhibió a sus homólogos, especialmente al del PRI, Aurelio Nuño, mientras Polevnsky hacía lo propio con los presidentes del PRI, Enrique Ochoa primero, René Juárez después. Incluso antes de iniciar campañas, los spots de Morena mencionaban a AMLO sin decir su nombre: «estaremos mejor con ya sabes quién». Y todos los mexicanos de repente empezamos a usar el «ya sabes quién» en el lenguaje cotidiano. Nadie negará que el tabasqueño tiene una especial habilidad para crear frases que se quedan en el habla popular, y así decimos, para cualquier cosa, «eso no lo tiene ni Obama», que no te den «frijol con gorgojo», eres un «fifí, señoritingo», «la mafia del poder», «abrazos, no balazos», «nos están llevando al despeñadero», y tantas otras más. Mientras Anaya y Meade hacían sus cierres de campaña y sólo ellos y sus seguidores sabían dónde, AMLO hacía un AMLOFest en el Estadio Azteca del cual todo México se enteró: «estrella del rock and roll, presidente de la nación». Sus contrincantes nunca pudieron seguirle el paso y hasta se dio el lujo de llamar a uno de ellos «ternurita». Marcó la agenda de principio a fin, como si ya fuera el presidente electo, y centró en su persona todos los reflectores. 

En suma, las causas intrínsecas del triunfo fueron la impecable campaña, la muy eficaz coordinación de Tatiana Clouthier y, claro, no podemos dejar a un lado el carisma personal del tabasqueño. Pensemos de él lo que pensemos y digamos lo que digamos –personalmente no estoy de acuerdo en muchas de sus propuestas, tal como las formuló en campaña–, nadie puede negar que conecta con la gente, que es casi venerado por multitudes, que su figura está rodeada, a los ojos y sentires de muchos, de un halo muy difícil de concebir y de explicar. Ninguno de los otros candidatos se le acerca en este rubro ni mínimamente. Los seguidores de AMLO demostraron ser los más fieles, más combativos y más proactivos del mercado electoral. Lo constatamos en cientos de mítines: multitudes rodeaban al tabasqueño y lo tocaban como si se tratara de un santo o un gurú. Incontables personas esperaban el momento en que se acercara AMLO, no tanto para pedirle una selfie, sino para abrazarlo y pedirle que les impusiera las manos. Fanatismo, dirán sus detractores. Lo cierto es que los demás candidatos quedaron muy lejos de lograr estos niveles de empatía. AMLO no sólo fue un candidato: fue un fenómeno mediático sin precedentes, casi un Jesus Christ Superstar (por aquello del mesías tropical).

Mucha gente con la que conversé en los meses de campaña me decía que AMLO nunca llegaría a la presidencia, que no se lo permitirían. ¿Quién no se lo va a permitir?, preguntaba. El PRI no lo permitirá, los grandes empresarios no lo dejarán, decían. En todo momento estuve seguro que la transparencia y la limpieza del proceso electoral estaban más que garantizadas por el INE, por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y por los miles y miles de ciudadanos que participarían como funcionarios de casilla durante la jornada electoral. A mi juicio, y a estas alturas de nuestra historia, era imposible hacer trampa. Algunos reprocharon mi ingenuidad. Lo cierto es que fue tan aplastante el triunfo que era imposible ocultarlo. El PRI no ganó ni en el Estado de México, su gran bastión. Ya no digamos el EdoMex: ni siquiera ganó en Atlacomulco. AMLO fue el candidato que más votos recibió en 31 de las 32 entidades federativas. Este dato es apabullante. Sólo Anaya obtuvo más votos en Guanajuato. Muchos creían que nadie votaría por AMLO en los Estados del norte, pero resulta que en todos los estados del norte, sin excepción, obtuvo más votos que sus contrincantes. Ganó el norte, ganó el sur, el centro, el este, el oeste. También decían que sólo la gente con menos instrucción académica votaba por él, pero resulta que en todos los niveles educativos, incluidos maestría y doctorado, AMLO obtuvo más votos que nadie.

También existen causas extrínsecas que explican esta tremendísima victoria: el propio presidente Peña, los infames gobernadores del Nuevo PRI, la inmoral corrupción que imperó durante el sexenio, el alza generalizada en los combustibles y la violencia galopante en todo el territorio nacional. Corrupción y violencia anularon los logros del gobierno federal. Estos logros –los hubo– fueron sobrepujados por los escándalos de corrupción que ensuciaron al mismo presidente y a su familia. Algunos priístas ya empiezan a hablar de la «generación de la vergüenza».

Otro aspecto extrínseco que hay que considerar está en las reformas estructurales. Para lograrlas, Peña hizo lo que parecía imposible –y en este sentido su sexenio empezó muy bien–: logró el consenso del PAN y del PRD. En febrero de 2014 Peña apareció en la portada de la revista Time como el salvador de la nación: Saving Mexico. AMLO desde un primer momento se deslindó del PRD y se opuso férreamente a las reformas, de modo que a la hora en que los mexicanos se sintieron defraudados por los supuestos beneficios que traerían dichas reformas (por ejemplo, que bajaría la gasolina; no sólo no bajó, sino que subió casi 100%), AMLO quedó libre de mácula y pudo señalar con su dedo a los culpables. Así nació Morena, de este desacuerdo entre el tabasqueño y «los chuchos», que tenían el control del PRD –y lo siguen teniendo, al menos sobre lo que queda del PRD, que es casi un cadáver; como dice la canción: «dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada…»–. Un porcentaje muy grande de mexicanos empezó a ver el «Pacto por México» como un engaño más y AMLO supo perfectamente canalizar en su favor esta desilusión.


Viendo las cosas con mayor detenimiento y con la cabeza fría, creo que a AMLO le convino ganar hasta ahora. De haber triunfado en 2006, habría encontrado un congreso hostil y no hubiera podido hacer mucho. Peor en 2012, porque habría encontrado un PRI empoderado y a la cabeza en muchas gubernaturas. Quién sabe. Habría sido interesante ver a AMLO lidiar con los Moreira, los Duarte, los Borge, los Medina y demás miembros de «la generación de la vergüenza». Ahora en 2018 lo tiene todo: será presidente y tendrá el legislativo federal y muchos congresos locales a su disposición. Así que no habrá pretexto: la mesa está puesta para que se convierta en el mejor presidente de la historia. Pero cuidado: tanto poder en sus manos también es mesa puesta para convertirse en el peor gobernante de nuestro accidentado devenir. Por el bien de México, hago votos para que suceda lo primero.

lunes, 4 de junio de 2018

México enemistado: La Cuarta Transformación

Por Venus Rey Jr

Publicado originalmente en el número 18 de la revista Ruiz Healy Times, p. 25. Descárgala aquí

«We must, indeed, all hang together or, most assuredly, we shall all hang separately.»
Benjamin Franklin
Frontera entre las alcaldías de Cuajimalpa y Álvaro Obregón, Ciudad de México


La Guerra Civil Española es un acontecimiento histórico que desde hace muchos años ha llamado poderosamente mi atención. Fue una choque tremendo entre dos formas de pensar, dos visiones y proyectos de Nación. La colisión eidética no se quedó en el debate de las tribunas en la Asamblea ni en las agitadas y muy acaloradas discusiones en los cafés de las grandes ciudades españolas; también permeó la vida íntima de las familias y enemistó a hermanos, a padres y a vecinos. Si todo hubiese quedado ahí, en las discusiones, en las descalificaciones, en la pura enemistad, no habría sido tan trágico. El problema es que todo se salió de control, y entonces la pelea eidética se transformó en una guerra fratricida, una de las más crueles y sangrientas del siglo XX.

No estoy comparando la situación actual de nuestro país con el caos que imperó en España en los años 1930, aunque sí es preciso reconocer que nuestra situación es muy delicada. Negar la realidad de nuestros días, o minimizarla, sería un error muy grave. Yo veo un México muy dividido y enemistado. Escucho y veo expresiones de intolerancia en los seguidores de los principales actores políticos. Del insulto desmedido, que ya de suyo es una agresión, a la agresión física misma, hay sólo una diferencia de grado; y es una diferencia menor. Cuando se suelta el tigre, los actores políticos ya no tienen control sobre sus seguidores, como sucedió en esa España, y para ejemplo valga la guerra que protagonizaron los anarquistas contra los comunistas, ambos del lado de la República, pero peleados a muerte por sus diferencias ideológicas.

En «Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie», Juan Eslava describe los temores del presidente Azaña, que ya anticipa el horror que está por desatarse: «[en un lado] el odio destilado lentamente durante años en el corazón de los desposeídos; [en otro lado] el odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes.» Unos renglones después pone una cita del aristócrata y sibarita español José Luis de Vilallonga: «Todavía recuerdo el día en que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: ‘Siento un infinito desprecio hacia los pobres.’ Y como todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: ‘Sí, porque ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada.’»

He visto en nuestro país una polarización. No que sea nueva. Desde luego, los pobres y los ricos existen desde siempre. El problema es cuando llega la ideología y los actores políticos se valen de ella para excitar a las masas. En el momento en que la ideología permea la polarización, en ese momento se gestan bandos irreconciliables destinados a chocar.

Existe en nuestro país un modo de ser excluyente, que algunos llaman la postura del mirrey o el estilo de vida totalmente palacio. Y también existe otro modo de pensar, igualmente excluyente, al que despectivamente se denomina ideología chaira o pensamiento prole. El primer modo de ser se caracteriza por la indolencia y la frivolidad; el otro se distingue por el odio y el desprecio de sentirse marginado y explotado. La abuela de Vilallonga y Vilallonga mismo ilustran muy bien al primer grupo. El personaje Esteban García, de la novela «La casa de los espíritus», de Isabel Allende (que sabe muy bien de estas cosas), ilustra al segundo grupo[1]. Tal vez algún lector despreocupado crea que estoy exagerando, más aún después de leer el pie de página que acabo de escribir, pero yo creo que estos fenómenos sociales merecen atención.

El discurso de algunos candidatos se aprovecha del resentimiento social de un gran sector de la población. El discurso exalta no sólo la explotación, sino las diferencias raciales. No en vano uno de los candidatos hace llamar a su partido MORENA, que, claro, se refiere a las siglas del Movimiento de Regeneración Nacional, pero que también alude al color de la piel. El candidato expone a sus seguidores que el sino aciago que sufren se debe a la maldad de unos cuantos. Este grupo sin rostro –el candidato no da nombres, pero se entiende que es el grupo constituido por los hombres más ricos de México– se vale de los políticos para asegurarse privilegios y aumentar su riqueza, a costa de la explotación y la marginación de los pobres. Los gobiernos neoliberales del PRI y del PAN y sus presidentes (Peña, Calderón, Fox, Zedillo, Salinas…), no son más que empleados de este grupo. Todos ellos conforman la «mafia del poder». La única posibilidad de que los pobres salgan de la pobreza, es arrebatando a esta mafia el poder mediante una revolución, pacífica, dice el líder, que traerá paz, justicia y bienestar, y que acabará con la corrupción y la violencia: por fin los oprimidos serán reivindicados. Este cambio sustancial es llamado por el movimiento y sus ideólogos «La Cuarta Transformación», y su envergadura e importancia sólo son comparables, según ellos, a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

He sido testigo de expresiones que me horrorizan por su ligereza y frivolidad; expresiones peores que la de la abuela de Vilallonga. Y las he escuchado aquí en mi ciudad, en reuniones, en las terrazas de restaurantes; las he visto en Facebook, en Twitter y hasta en los periódicos. Porque para que exista polarización debe haber dos polos igualmente malos. He oído expresiones como nacos, proles, chairos, jodidos, holgazanes, huevones, prietos, parásitos, ninis, basura social, indios y otras más que no puedo pronunciar, dirigidas a los simpatizantes de MORENA y en general a los más desfavorecidos. Lejos de ponerlos cabizbajos, los insultos les están dando unidad, identidad y cohesión: «somos Morena, somos la nación, los pobres, los marginados, y –como temía la abuela de Vilallonga– somos millones, millones más». Es el fin de la era del señoritingo, del fifí, de la mafia del poder: así como perecieron el catrín y el señorito, el terrateniente y el hacendado, en la revolución, así va a desaparecer esta mafia del poder empezando por sus funcionarios itamitas. Ese es el propósito de La Cuarta Transformación.

Ahora bien, podrá resultarnos chocante y pedante esta terminología de La Cuarta Transformación. No es la primera vez que los ideólogos cercanos a Andrés Manuel López Obrador se inventan un término así de rimbombante. Recordemos La Cuarta República, de la que AMLO fue presidente legítimo. Pero ese no es el punto. Decía que podría resultar irritante el concepto de La Cuarta Transformación, pero en el fondo, no porque lo proponga López Obrador, no deja de ser cierto que nuestro país requiere un cambio sustancial. La corrupción gubernamental y la violencia deben cesar; el país debe despegar económicamente –y aquí la palabra despegar resulta muy adecuada y simbólica, toda vez que MORENA pretende cancelar el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, que verdaderamente sería un motor de despegue y desarrollo para nuestro país–. Si esto se logra (acabar con la corrupción, erradicar la violencia y emprender ahora sí a grandes pasos el desarrollo económico nacional), será verdad esto de La Cuarta Transformación. Sería terrible que las cosas siguieran como están, pero también sería catastrófico que adoptáramos el comino del populismo.

No hace falta ser López Obrador, ni siquiera simpatizante de él, para darse cuenta que la estructura gubernamental está podrida desde sus entrañas; no hace falta ser morenista para sostener que en México hay profundas desigualdades (económica, social, racial, cultural), que los gobiernos han actuado con frivolidad, torpeza, irresponsabilidad, dolo y maldad, y que las cosas deben cambiar. Entiendo el enojo de los seguidores de AMLO: es legítimo, y no es propio de ellos –yo, que no soy morenista, también estoy indignado–. Hasta el más cínico priísta sabe que la situación no podrá sostenerse más tiempo.

La rabia de millones se deja ver en twitter, Facebook y otras redes sociales. El ataque a columnistas y comunicadores es impresionante. Basta con expresar una idea contraria a un candidato, para que sus seguidores profieran toda clase de insultos, ataques y amenazas. Hay que decirlo, en este rubro son especialmente virulentos los simpatizantes de MORENA. Esta agresividad en redes preocupa, aunque haya quien crea que exagero. Es cierto que si pierde AMLO, sus seguidores experimentarán una gran frustración, y entonces serán realidad aquellas palabras que se referían a soltar al tigre. Y una vez suelto el animal, será muy difícil detenerlo. Por esa razón, La Cuarta Transformación –que, insisto, es necesaria, y no porque lo diga López Obrador– debe llevarse a cabo desde la institucionalidad. Ya se han dado los primeros pasos, aunque los morenistas insistan en que no.

Un paso importante es la desaparición de la Procuraduría General de la República, que hoy por hoy está bajo control del presidente, lo cual es garantía de impunidad, y en su lugar la creación de una Fiscalía autónoma y totalmente independiente del ejecutivo. Este paso ya se dio, al menos en el papel (la hoja de papel, diría el jurista La Salle), he ahí el artículo 102 de nuestra Constitución, pero en los hechos los partidos políticos no han sido capaces de nombrar a quien habrá de ser su titular. Los políticos corruptos no van a permitir que un fiscal hostil los persiga, y como al parecer todos los partidos son corruptos, es difícil que lleguen a un acuerdo. También tenemos un Sistema Nacional Anticorrupción que fue creado desde 2015, pero que en los hechos es como si no existiera, pues los escándalos de corrupción en el gobierno federal y en los gobiernos estatales siguen consternando a la opinión pública. Así de podrida está la estructura del Estado mexicano.

También tenemos un órgano autónomo electoral que es garante de transparencia en las elecciones, aunque esté bastante desacreditado hoy en día; y tenemos un tribunal electoral que forma parte del poder judicial, y por lo tanto goza de autonomía e independencia respecto a los otros dos poderes. Con esto quiero decir que hasta los políticos corruptos saben que es insostenible el nivel de corrupción, y que esto se tiene que acabar; y que cuando esto acabe, de verdad habrá visto su fin una era oscura caracterizada por el expolio sistemático de la riqueza nacional: vendrá La Cuarta Transformación. En la primera, México logró su Independencia; en la segunda su Reforma; en la tercera, la Revolución dio muerte a un régimen oligarca; La Cuarta Transformación supondrá el fin de la corrupción y de la violencia: se abrirá una era de amor, paz, justicia y bienestar. Suena a pseudo-ciencia de Hörbiger y sus cosmogonías glaciales, pero no por ello es falso que urja en México una verdadera transformación.

La transformación de México no será obra de una persona o de un movimiento político. Será tarea de todos los mexicanos. Que alguien ofrezca ser la solución es un gran engaño. Un México enemistado es más vulnerable a la corrupción y la violencia, y está en menor aptitud de afrontar los problemas. Se necesita la unión, no la división. Los políticos que fomentan la enemistad de los mexicanos juegan con un fuego que luego no podrán apagar.




[1] La novela de Isabel Allende y la película del mismo nombre, del director danés Bille August, difieren en algunos de talles. Me voy a referir al plot del film, con el que varios lectores estarán familiarizados. En la película, el rico y poderoso Senador Esteban Trueba (Jeremy Irons) violó en su juventud a una trabajadora de su finca. De esta violación nació Esteban García, que vendría a ser hijo ilegítimo del Senador. Esteban García sabe su origen y odia a su padre, que también sabe que es su hijo. No obstante, acude ante el ya poderoso Senador Trueba, para pedir que lo recomiende y pueda obtener un trabajo en el Cuerpo de Carabineros. Lejos de estar agradecido, García sigue albergando un profundo odio contra su padre y sus medios hermanos. Cuando estalla el golpe de Estado y los militares emprenden una brutal represión, su media hermana, Blanca (Winona Ryder) es arrestada y va a dar a la prisión en la que está asignado su hermanastro Esteban García, que ya es un oficial con cierto poder, y que aprovecha la oportunidad para torturarla y violarla.

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