miércoles, 19 de septiembre de 2018

¿Ya inició la Cuarta Transformación?

Por Venus Rey Jr

Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, septiembre de 2018, página 19. Descarga el PDF de la revista aquí.

Primera Transformación: Independencia. Segunda Transformación: Reforma.
Tercera Transformación: Revolución. Cuarta Transformación: AMLO.


El día sábado primero de septiembre de 2018 dio inicio la llamada Cuarta Transformación. Ese día se inauguró en San Lázaro el primer periodo ordinario de la LXIV Legislatura. Aquel día, Andrés Manuel López Obrador empezó a gobernar.

Desde antes que iniciaran las campañas, el fundador de Morena llevó la batuta y fijó la agenda. Siempre estuvo varios pasos adelante de sus competidores. Cuando ellos apenas iban, Andrés Manuel ya venía de regreso. La desesperación de los contrincantes se fue haciendo cada vez más notoria conforme se acercaba el 1 de julio. Las cosas llegaron a un punto en el cual, pasara lo que pasara, la gente votaría por el tabasqueño, así lo vieran, parafraseando a Trump, disparando contra alguien, no en la quinta avenida de Nueva York, pero ponga usted en la avenida Juárez, Madero o en el Eje Central Lázaro Cárdenas (ya ve usted que Juárez, Madero y Cárdenas son sus paradigmas). Ese fue el grado de convicción que alcanzaron sus votantes. Y mientras, del otro lado, muchos vacilaban y no sabían si votar por el del PRI o por el del PAN, porque, hay que decirlo, el PRI se dedicó a atacar a Anaya desde el principio, e hizo creer al sector más crédulo del electorado que estaban en segundo lugar en las preferencias y a tiro de piedra de Andrés Manuel. Mentiras deliberadas que pagaron con la más estrepitosa y humillante derrota de su historia.

La Cuarta Transformación que planteó AMLO fue un éxito desde el primer momento. Ese nombre, que podría parecernos chocante y presuntuoso –lo es–, sintetiza con exactitud el enorme desprecio que millones de mexicanos sienten hacia la corrupción y el PRIvilegio. Andrés Manuel encontró la fórmula idónea para que el electorado se convenciera de que PRI y corrupción eran sinónimos. Tan la encontró, que el candidato del PRI también adoptó un discurso anti-corrupción, que nadie le creyó, por cierto. Todo México, incluidos los cuatro candidatos, alzaron la voz y se manifestaron en contra de la corrupción. Andrés Manuel logró posicionarse como el único candidato que no era corrupto, y en tal virtud, como el único candidato que podría acabar con este mal, al modo que se barren las escaleras: “de arriba para abajo”. Si un presidente pretende erradicar la corrupción, él mismo debe ser honesto (honesto-honesto, honesto-honesto, como dijo El Bronco en un debate) y estar limpio de todo mal. Y si bien sobre la figura del presidente electo pesan sospechas de corrupción durante la construcción del segundo piso del periférico, lo cierto es que nunca se le ha comprobado nada, a pesar de que el PRI, haciendo uso de todo el aparato gubernamental, lo habrá investigado hasta el tuétano. Pero nunca nadie le ha podido comprobar un mínimo acto de corrupción.

La Cuarta Transformación es, en primera instancia, un movimiento nacional de repudio a la corrupción y a los privilegios de los altos funcionarios. AMLO, que es un hombre culto, leído y conocedor de nuestra historia (ha escrito una veintena de libros de los cuales sus detractores acusan ghost writing, pero ni siquiera eso han podido comprobar), sabe de la importancia de los símbolos. Mientras los otros dos candidatos mostraban avidez por llegar a Los Pinos e instalarse ahí con sus familias, AMLO propuso cerrar esa residencia oficial, pues es símbolo del presidencialismo neoporfirista-neoliberal, un presidencialismo aberrante que únicamente ha gobernado para que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres. La propuesta del tabasqueño fue que Los Pinos se convirtiera en un espacio público para la cultura y el esparcimiento. Y claro, todo mundo recibió la propuesta con gran entusiasmo. ¿Por qué? Por el gran golpe y sacudida que significaba para los gobiernos panistas y priístas, que asentaron sus reales en Los Pinos con indolencia y vanagloria. Lo mismo puede decirse del avión presidencial.

Pero la simbología no acaba en Los Pinos, sino se extiende a las figuras de los expresidentes, en este caso, los villanos de esa película de horror llamada Historia Mexicana. La propuesta de acabar con las pensiones de los exmandatarios fue rechazada por la clase política en funciones, y muchos analistas se refirieron a ella como una propuesta populista que en nada contribuiría a solucionar nuestros problemas. Quitar las pensiones a los expresidentes, decían, no va a acabar con la pobreza ni con la corrupción. Pero ese no era el punto y nunca lo fue. Cualquier persona medianamente pensante sabe que dejar a Echeverría, Sasha Montenegro, Paloma Cordero, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña sin pensión de nada sirve para que millones de mexicanos puedan superar la pobreza en la que están inmersos desde hace varias generaciones (incluso generaciones que existían desde antes de la Revolución Mexicana). Eso lo sabe usted, lo sé yo y lo sabe Andrés Manuel. De lo que se trata es de castigar a los villanos de la película, de dejarlos sin dinero y sin privilegios, porque ellos son los que más daño han hecho al país, y encima de ese daño, resulta inmoral tener que pagarles para que puedan vivir como jeques saudíes. Por eso la propuesta fue y es aclamada por millones de mexicanos. Golpear a los expresidentes de este modo es hacer énfasis en que gobernaron no para los mexicanos, sino para la mafia del poder (not for the many, but for the few, parafraseando en sentido inverso a Jeremy Corbyn). Esta propuesta ha sido música para los oídos del electorado. Meade y Anaya no supieron adaptarse a las condiciones que imponía AMLO, y en la naturaleza como en la política, el que no se adapta se extingue. Mientras México vitoreaba la propuesta de Andrés, Meade afirmaba que no quitaría estas pensiones.

La idea de una Cuarta Transformación es genial. El PRI, y en menor medida el PAN, proponían continuidad. El pobre de Meade cavó su tumba política desde que en una comparecencia ante el Senado, en octubre de 2017, y todavía como secretario de Hacienda, confesó que en 2012 él había votado por Enrique Peña Nieto. Y claro, los senadores priístas, que eran los más (ahora son los menos) le aplaudieron como focas de acuario. Poco después Meade se convirtió en el candidato del PRI y, por más que intentó, fue incapaz de deslindarse del desprestigio de la marca. Créame: la marca “PRI” está tan desprestigiada que hace unos días el propio Peña Nieto –o sea, el máximo líder priísta– sugirió que se cambiara el nombre al partido, porque así no iba a funcionar. Meade basó su campaña en ensalzar la gestión de Peña Nieto y en ofrecer continuidad. Y no es que estuviera loco. No. La verdad es que el gobierno de Peña Nieto ha sido satanizado, pero si lo evaluamos con cabeza fría y con datos y números en la mesa, nos daremos cuenta, por difícil y paradójico que sea reconocerlo, que el balance general es positivo; pero esa es otra historia. Donde sí falló Peña fue en el tema de la violencia. 2017 fue el año más violento de nuestra historia, desde que se hacen mediciones con métodos científicos; mucho más que cualquier año de Calderón, a quien se atribuye el origen de este mal. Pues bien, 2018 lo está superando con creces. 2018 será el año más sangriento de nuestra historia. Pero, volviendo al punto, la Cuarta Transformación anunciaba una nueva era, una ruptura con el esquema político que tanta animadversión y hartazgo cosechó entre los mexicanos. Y AMLO se presentó como el único hombre que podría lograr tal cambio. Millones le creyeron.

La Cuarta Transformación se alza como un movimiento de la máxima envergadura: tan importante como la Independencia, la Reforma y la Revolución. De ese tamaño es la propuesta de AMLO, una propuesta histórica –y de ese tamaño es la imagen que Andrés Manuel tiene de sí mismo–; histórica en el sentido profundo del devenir, no de la mera efeméride. La intención de López Obrador al crear Morena fue la de hacer historia. Mientras la sensación que uno tenía al ver a los otros dos contendientes era la de pensar que si ganaba uno y otro, era porque ahora les “tocaba a ellos”, es decir, les “tocaba” estar en el poder y hacer negocios y beneficiarse por seis años; la sensación que provocaba AMLO era de que, finalmente, juntos haríamos historia. En otras palabras: sabíamos que los otros contendientes y sus allegados iban por el privilegio y por el varo (o baro, si usted prefiere, o sea: la feria); pero Andrés Manuel y Morena iban por la historia. Los detractores del tabasqueño minimizaban y ridiculizaban que él se las diera de intelectual con tanto libro publicado, y que se la diera de mesías. Queda claro que la compresión de AMLO de la historia mexicana es por mucho superior a la de sus adversarios, quienes decían: «qué intelectual va a ser, si es un bruto que no sabe ni hablar, ya no digamos inglés, sino español, y que se tardó casi tres lustros en acabar una licenciatura que dura cuatro años». La cultura no la da un título universitario, ni siquiera uno de Harvard o del MIT. Tampoco la da hablar inglés. La cultura se obtiene mediante toda una vida de lectura y reflexión profunda. No estoy diciendo que AMLO la tenga como si fuera Bertrand Russel o Theodor Mommsen –sí diría que es un hombre culto–, pero el uso magistral que hizo en su campaña al colocar a la historia como algo fundamental, no tiene parangón en nuestro pasado reciente. ¿Recuerda usted cómo se llamaban las otras dos coaliciones? Yo no. Pero “Juntos haremos historia” es un mote que nunca olvidaremos.


La Cuarta Transformación, y todo lo que ella implica, es necesaria y urgente. No porque la proponga AMLO, quien tuvo, en efecto, el acierto de proponerla y de hacerla el motor de su campaña. Todos –hasta Meade, que, como siempre he dicho, es un hombre honesto y un funcionario muy capaz– estuvimos convencidos de que el país no podía seguir en el camino que llevaba, que la corrupción, el privilegio, la pobreza, la desigualdad y la violencia tenían que llegar a su fin. Sólo una persona mezquina estaría en contra de un proyecto así. Yo no sé si AMLO sea capaz de lograrlo. Es una tarea que se antoja sumamente difícil, casi imposible. Lo que sí sé es que él fue el único candidato que supo entender el momento histórico que México vivía. También sé que el sábado 1 de septiembre AMLO inició su gobierno. ¿Será su gestión la mejor y más grandiosa de toda nuestra historia? No lo sé, ojalá que sí. Al menos esa es su pretensión, y eso, de suyo, es un cambio radical en la forma de hacer y concebir la política en nuestra accidentada patria: él no va por el “varo”, el poder o la vanagloria (quizá sus allegados sí; seguramente muchos de ellos sí): Andrés Manuel va por la historia. Ojalá que así sea.

lunes, 3 de septiembre de 2018

¿Es Morena un PRI reloaded?


Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en el número de Agosto 2018 de la revista Ruiz-Healy Times, p. 19. Puedes descargar el PDF de la revista en este link:  http://www.ruizhealytimes.com/sites/default/files/revista/ruiz-healy_times_num_20.pdf

Luis Echeverría entrega la banda presidencial a José López Portillo. Diciembre 1 de 1976.

«Fui el último presidente de la Revolución.» José López Portillo.

Si consideramos la escala de tiempo histórica, la Revolución Mexicana pertenece a nuestro pasado reciente y aún hoy padecemos sus efectos. Y aquí “padecer” no tiene una connotación negativa, sino sólo el sentido pasivo del vocablo: las repercusiones sociales, políticas, económicas y culturales de la Revolución Mexicana se siguen sintiendo a más de cien años de distancia. El tiempo histórico es diferente al tiempo biológico de una vida humana. Cien años pueden parecer muchos, pero en realidad son tres o cuatro generaciones.

Muchos pensaron que con la Revolución habría llegado a su fin el gobierno de la oligarquía y de los latifundistas, y que se inauguraría una era de paz, justicia social y bienestar para todos, especialmente para los más pobres. La Revolución Mexicana no fue un proceso que se diera en un momento dado y se agotara. Fue –y sigue siendo– un movimiento continuo que se ha ido desplegando a lo largo de las décadas. Plutarco Elías Calles tuvo la visión de “institucionalizarla” y para este propósito creó un partido, que después sería el PRI: el Partido Revolucionario Institucional.

Los regímenes priístas desde Lázaro Cárdenas –y especialmente el sexenio de Lázaro Cárdenas– tuvieron una clara inclinación social y nacionalista. Había que aterrizar las conquistas revolucionarias (derechos laborales, derechos sociales, cuestión agraria, nacionalismo, soberanía, recursos naturales, rectoría económica del Estado, monopolios estatales, protección de la industria nacional, sindicalismo, separación de la iglesia y el Estado, derechos políticos, sufragio efectivo, no reelección, etc.) y hacerlas efectivas. Digamos que los presidentes se asumieron como continuadores de la Revolución, aún cuando México presenció algunos de los sexenios más cleptómanos de los que se tiene memoria (muy cleptómanos, pero también muy nacionalistas y revolucionarios, y eso de algún modo los redimía).

Conforme avanzó el siglo XX fue evidente que algo estaba mal. Ya no había latifundistas, pero había empresarios que concentraban la riqueza y había también una clase política enriquecida y corrupta. Ya no había aristocracia ni señoritos, como en tiempos de don Porfirio, pero existía una nueva clase privilegiada que en la práctica estaba por encima de la ley. Ser presidente, secretario de Estado, alto funcionario o gobernador, o ser empresario cercano a ellos, significaba amasar enormes fortunas. A pesar de los esfuerzos y de la visión social de los regímenes, las desigualdades económicas, culturales y sociales prevalecieron, aún considerando que durante los años 50 y 60 nuestra nación experimentó un crecimiento económico nunca antes visto (se hablaba del “milagro mexicano”). Fue una ilusión, porque entre 1970 y 1982 todo salió tan mal que el sueño revolucionario se hizo pedazos. Millones de mexicanos en pobreza y marginación esperaron infructuosamente el día en que la Revolución les hiciera justicia.

La década de los 80 fue un parteaguas en nuestra historia. El viejo anhelo revolucionario-nacionalista fue sustituido por una nueva visión: la apertura al mundo, el neoliberalismo. La apertura económica y el libre comercio fueron tendencia mundial, no mera ocurrencia de los presidentes De la Madrid y Salinas; tan es así que no sólo México cambió su rumbo y se abrió en esos años, también lo hicieron China y el bloque soviético. México ingresó al GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) en 1986 y poco después, ya con Salinas en la presidencia, se inició un proceso de privatización inédito: prácticamente todas la empresas del Estado, con excepción de los hidrocarburos, se pusieron a la venta y cayeron en manos de los más ricos. Y no sólo eso: también se negoció y se firmó con Estados Unidos y Canadá lo que en esos días se decía sería el acuerdo comercial más grande e importante del mundo: el NAFTA. El presidente prometió que este acuerdo traería riqueza, prosperidad y bienestar a todos los mexicanos. Más de tres décadas después constatamos que ni la visión nacionalista de los regímenes revolucionarios (López Portillo pensó que el problema de México sería cómo administrar la abundancia) ni la apertura económica de los neoliberales tuvieron éxito: las desigualdades y la miseria en la que viven millones de mexicanos son prueba de ello.

Siempre hay fuerzas contrarias que interactúan en la historia y tienden a anularse. En ciertas épocas unas prevalecen sobre otras. Cada vez que hay un cambio, una evolución, una revolución, habrá fuerzas que tenderán a impedirlo. Esas fuerzas constituyen la reacción y sus simpatizantes son los reaccionarios. A veces se tiene la idea de que un reaccionario es necesariamente un derechista o un conservador, pero esa idea es errónea. Los mencheviques eran reaccionarios porque se oponían a los bolcheviques, pero también los comunistas (es decir, los bolcheviques ya en el poder) que se opusieron a la Perestroika y la Glasnot, fueron la reacción que se opuso a la modernización y apertura de la Unión Soviética. En 1982 llegó a la presidencia de México un técnico y con él se instauró la era de los tecnócratas. Los gobiernos ya no se asumieron como revolucionarios y las grandes conquistas de la Revolución empezaron a mirarse como un estorbo. Claro que hubo sectores del PRI que vieron con malos ojos estos cambios: ellos fueron entonces la reacción (por raro que parezca, revolucionario y reaccionario en ese contexto fueron términos equivalentes). 

Desde el punto de vista económico, el sexenio de De la Madrid fue un desastre: la inflación y la devaluación llegaron a máximos históricos, pero no podemos cargarle todo el muerto a ese gobierno, sino más bien a los dos anteriores, el de José López Portillo y el de Luis Echeverría, quizá los últimos gobiernos revolucionarios. Hubo un sector del PRI que se dio cuenta de que los tecnócratas estaban perdiendo el sentido social-nacionalista y estaban abandonando los ideales de la Revolución. Ese sector del PRI estaba destinado a escindirse. Una especie de justicia histórica quiso que Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente más revolucionario y social, se separara del partido y fundara una coalición a la que llamó Frente Democrático Nacional, que poco después se convertiría en el Partido de la Revolución Democrática. 

Las principales consignas de los priístas disidentes eran dos: mayor democracia interna en el partido y rechazo a las políticas económicas neoliberales. Y como vieron que el PRI tecnócrata no recularía, estos priístas se separaron. Los principales fundadores del PRD fueron tres priístas: Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez. Hay una ironía que subyace en el nacimiento del PRD, un partido que exigía democracia ya: 1) Cárdenas fue senador y gobernador de Michoacán por el PRI, y su designación para ambos cargos fue cupular; 2) Muñoz Ledo sirvió como secretario del trabajo a uno de los presidentes más autoritarios de nuestra historia, Luis Echeverría, pero en aquel entonces no le pareció a Muñoz Ledo que la falta de democracia del partido fuera un problema; 3) Ifigenia Martínez sirvió fielmente al PRI, incluso fue diputada federal entre 1976 y 1979, época en que la designación de candidatos era palomeada por el presidente, es decir, era vertical, pero tampoco en aquel entonces le pareció a Ifigenia que la falta de democracia en el PRI fuera un problema. Qué bueno que a final de cuentas los tres principales fundadores del PRD se convencieron de que era necesario democratizar al PRI, y al ver que sus ideas no serían secundadas, se marcharon. Pero no era la falta de democracia interna lo que realmente les horrorizaba, sino el neoliberalismo.

Si el sexenio de De la Madrid se distinguió por el inicio de la apertura económica y la tecnocratización de la función pública, la administración de Carlos Salinas fue más allá de todo lo que un rancio revolucionario podía concebir. En 1982 José López Portillo nacionalizó la banca, pues le pareció que la oligarquía estaba saqueando a México y se sintió con el deber de defender al peso como un perro. Seis años después, Salinas inició el proceso de privatización más grande de nuestra historia, y, claro, la banca volvió a manos privadas (hoy está en manos de los extranjeros). El PRI fiel a la revolución tuvo en José López Portillo a su último presidente. Así lo dijo él en una entrevista: «Fui el último presidente de la Revolución». En 1992, en pleno apogeo de la administración de Salinas, o sea, la mera época del neoliberalismo rampante, López Portillo criticó duramente al gobierno: «el país vive cambios que van a contrapelo de nuestros antecedentes revolucionarios.» La Revolución Mexicana era y es, a juicio de los revolucionarios, incompatible con la apertura económica, es decir, con el neoliberalismo, al que consideran una especie de perverso y mórbido neoporfirismo. No privatización, sino nacionalización: debe siempre prevalecer el sentido social y nacionalista del gobierno, y orientarse a los ideales revolucionarios de justicia y dignidad. La Revolución logró que el Estado tuviera la rectoría económica para beneficio de los más pobres, pero el neoliberalismo ha concentrado la riqueza en unos cuantos. Un gobierno revolucionario debe enmendar el camino, y el nobilísimo fin que persigue justifica cualquier medio, aún si el precio que debe pagarse es la democracia –la historia nos ha mostrado que ninguno de los gobiernos de la Revolución se distinguió por democrático. 

El PRI fundamental, ese PRI que llegó a su apogeo en los años 70 (Cárdenas, Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez llegaron al cenit de sus carreras priístas durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo), ha sobrevivido, primero en el PRD y ahora en Morena, cuyo fundador también fue un priísta nacionalista y revolucionario. Morena nació de la escisión del PRD, y éste de la escisión del PRI. El PRI genuinamente revolucionario tuvo en José López Portillo a su último presidente. El PRI neoliberal (De la Madrid, Salinas, Zedillo, Peña Nieto) traicionó a la Revolución. En 1988 los priístas fieles a la Revolución fundaron su propio movimiento y ganaron la elección. El PRI tecnócrata y neoliberal les hizo fraude y perpetuó el neoliberalismo tres décadas más.


Quizá José López Portillo no fue el último presidente de la Revolución. A juzgar por el resultado del 1 de julio, Andrés Manuel López Obrador acaba de instaurar una nueva era de presidentes revolucionarios. La venganza de los priístas fieles a la revolución se ha consumado.

jueves, 26 de julio de 2018

AMLO 2018: entendiendo la victoria, asimilando la derrota

Por Venus Rey Jr
Publicado originalmente en la revista Ruiz Healy Times, versión impresa, número de julio 2018, p. 42. Descarga o visualiza el PDF de la revista aquí.

«Victory has a thousand fathers, but defeat is an orphan»
John F. Kennedy


Andrés Manuel López Obrador no solo ganó: arrasó, aplastó, fulminó. En lugar de que Belinda cantara «El baile del sapito» en el cierre de campaña, debieron invitar a Thalía para que cantara «Arrasando». Y no sólo ganó la presidencia, sino también tendrá el control del Congreso de la Unión. Fue una victoria total.

Para darnos una idea de la tremenda magnitud del triunfo, he aquí algunos datos duros:

Presidencia
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Anaya (22,49%) fue mayor de 2 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre Meade (16,40%) fue mayor de 3 a 1.
Ratio de AMLO (52,96%) sobre El Bronco (5,13%) fue mayor de 10 a 1.

Senadores de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 24 de 32 entidades (75%).
PAN-PRD-MC ganaron 6 de 32 entidades (18,75%).
PRI y aliados ganaron 1 de 32 entidades. (¡Sí: solo una!) (3,12%)
Movimiento ciudadano ganó 1 de 32 entidades.
Ratio de Morena sobre el PAN: 4 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI y MC: 24 a 1.

Diputados de mayoría relativa
Morena y aliados ganaron 218 de 300 distritos electorales (72,66%).
PAN y aliados ganaron 67 de 300 distritos electorales (22,33%).
PRI y aliados ganaron 15 de 300 distritos electorales (5%).
Ratio de Morena sobre el PAN: más de 3 a 1.
Ratio de Morena sobre el PRI: casi 15 a 1.

De este tamaño ha sido la victoria de AMLO. De ese tamaño ha sido la derrota del PRI.

El PRI, aferrado a sus PRIvilegios, se figuró que podía ganar golpeando a Anaya mediante el uso abusivo y faccioso de la PGR. No lo logró. Sí logró que la campaña de Anaya no despegara y que gente de buena voluntad pensara ingenuamente que el PRI estaba en segundo lugar y que podía ganar; de ese modo el PRI destruyó la posibilidad del voto útil. Pero esa es otra historia. AMLO ganó con méritos propios y los resultados son implacables. 

La victoria de López Obrador era esperada. Yo creo que nadie se sorprendió, salvo Meade y Anaya, que estaban seguros de ganar, al menos eso decían públicamente, lo cual es comprensible, pues ni modo que dijeran: «oh, Dios, ya perdimos, no tenemos esperanza»; pero ni siquiera ellos ni sus equipos podían, por más que quisieran, no ver la debacle que se avecinaba. El triunfo de AMLO se veía venir. Podrá decirse que llevaba doce años en campaña, que aprovechó spots de MORENA para difundir su imagen cuando era presidente de dicho partido, y que por la tanto inició con ventaja el proceso electoral (lo mismo hizo Anaya), y muchas otras cosas más, pero lo cierto es que en esta tercera ocasión, todo le salió bien. 

Su campaña fue casi perfecta. Aprendió de los errores que cometió en el pasado y se hizo de una brillante e inteligente coordinadora: Tatiana Clouthier (también Yeidckol Polevnsky y Alfonso Romo desempeñaron un rol importante). Una y otra vez, la carismática Clouthier exhibió a sus homólogos, especialmente al del PRI, Aurelio Nuño, mientras Polevnsky hacía lo propio con los presidentes del PRI, Enrique Ochoa primero, René Juárez después. Incluso antes de iniciar campañas, los spots de Morena mencionaban a AMLO sin decir su nombre: «estaremos mejor con ya sabes quién». Y todos los mexicanos de repente empezamos a usar el «ya sabes quién» en el lenguaje cotidiano. Nadie negará que el tabasqueño tiene una especial habilidad para crear frases que se quedan en el habla popular, y así decimos, para cualquier cosa, «eso no lo tiene ni Obama», que no te den «frijol con gorgojo», eres un «fifí, señoritingo», «la mafia del poder», «abrazos, no balazos», «nos están llevando al despeñadero», y tantas otras más. Mientras Anaya y Meade hacían sus cierres de campaña y sólo ellos y sus seguidores sabían dónde, AMLO hacía un AMLOFest en el Estadio Azteca del cual todo México se enteró: «estrella del rock and roll, presidente de la nación». Sus contrincantes nunca pudieron seguirle el paso y hasta se dio el lujo de llamar a uno de ellos «ternurita». Marcó la agenda de principio a fin, como si ya fuera el presidente electo, y centró en su persona todos los reflectores. 

En suma, las causas intrínsecas del triunfo fueron la impecable campaña, la muy eficaz coordinación de Tatiana Clouthier y, claro, no podemos dejar a un lado el carisma personal del tabasqueño. Pensemos de él lo que pensemos y digamos lo que digamos –personalmente no estoy de acuerdo en muchas de sus propuestas, tal como las formuló en campaña–, nadie puede negar que conecta con la gente, que es casi venerado por multitudes, que su figura está rodeada, a los ojos y sentires de muchos, de un halo muy difícil de concebir y de explicar. Ninguno de los otros candidatos se le acerca en este rubro ni mínimamente. Los seguidores de AMLO demostraron ser los más fieles, más combativos y más proactivos del mercado electoral. Lo constatamos en cientos de mítines: multitudes rodeaban al tabasqueño y lo tocaban como si se tratara de un santo o un gurú. Incontables personas esperaban el momento en que se acercara AMLO, no tanto para pedirle una selfie, sino para abrazarlo y pedirle que les impusiera las manos. Fanatismo, dirán sus detractores. Lo cierto es que los demás candidatos quedaron muy lejos de lograr estos niveles de empatía. AMLO no sólo fue un candidato: fue un fenómeno mediático sin precedentes, casi un Jesus Christ Superstar (por aquello del mesías tropical).

Mucha gente con la que conversé en los meses de campaña me decía que AMLO nunca llegaría a la presidencia, que no se lo permitirían. ¿Quién no se lo va a permitir?, preguntaba. El PRI no lo permitirá, los grandes empresarios no lo dejarán, decían. En todo momento estuve seguro que la transparencia y la limpieza del proceso electoral estaban más que garantizadas por el INE, por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y por los miles y miles de ciudadanos que participarían como funcionarios de casilla durante la jornada electoral. A mi juicio, y a estas alturas de nuestra historia, era imposible hacer trampa. Algunos reprocharon mi ingenuidad. Lo cierto es que fue tan aplastante el triunfo que era imposible ocultarlo. El PRI no ganó ni en el Estado de México, su gran bastión. Ya no digamos el EdoMex: ni siquiera ganó en Atlacomulco. AMLO fue el candidato que más votos recibió en 31 de las 32 entidades federativas. Este dato es apabullante. Sólo Anaya obtuvo más votos en Guanajuato. Muchos creían que nadie votaría por AMLO en los Estados del norte, pero resulta que en todos los estados del norte, sin excepción, obtuvo más votos que sus contrincantes. Ganó el norte, ganó el sur, el centro, el este, el oeste. También decían que sólo la gente con menos instrucción académica votaba por él, pero resulta que en todos los niveles educativos, incluidos maestría y doctorado, AMLO obtuvo más votos que nadie.

También existen causas extrínsecas que explican esta tremendísima victoria: el propio presidente Peña, los infames gobernadores del Nuevo PRI, la inmoral corrupción que imperó durante el sexenio, el alza generalizada en los combustibles y la violencia galopante en todo el territorio nacional. Corrupción y violencia anularon los logros del gobierno federal. Estos logros –los hubo– fueron sobrepujados por los escándalos de corrupción que ensuciaron al mismo presidente y a su familia. Algunos priístas ya empiezan a hablar de la «generación de la vergüenza».

Otro aspecto extrínseco que hay que considerar está en las reformas estructurales. Para lograrlas, Peña hizo lo que parecía imposible –y en este sentido su sexenio empezó muy bien–: logró el consenso del PAN y del PRD. En febrero de 2014 Peña apareció en la portada de la revista Time como el salvador de la nación: Saving Mexico. AMLO desde un primer momento se deslindó del PRD y se opuso férreamente a las reformas, de modo que a la hora en que los mexicanos se sintieron defraudados por los supuestos beneficios que traerían dichas reformas (por ejemplo, que bajaría la gasolina; no sólo no bajó, sino que subió casi 100%), AMLO quedó libre de mácula y pudo señalar con su dedo a los culpables. Así nació Morena, de este desacuerdo entre el tabasqueño y «los chuchos», que tenían el control del PRD –y lo siguen teniendo, al menos sobre lo que queda del PRD, que es casi un cadáver; como dice la canción: «dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada…»–. Un porcentaje muy grande de mexicanos empezó a ver el «Pacto por México» como un engaño más y AMLO supo perfectamente canalizar en su favor esta desilusión.


Viendo las cosas con mayor detenimiento y con la cabeza fría, creo que a AMLO le convino ganar hasta ahora. De haber triunfado en 2006, habría encontrado un congreso hostil y no hubiera podido hacer mucho. Peor en 2012, porque habría encontrado un PRI empoderado y a la cabeza en muchas gubernaturas. Quién sabe. Habría sido interesante ver a AMLO lidiar con los Moreira, los Duarte, los Borge, los Medina y demás miembros de «la generación de la vergüenza». Ahora en 2018 lo tiene todo: será presidente y tendrá el legislativo federal y muchos congresos locales a su disposición. Así que no habrá pretexto: la mesa está puesta para que se convierta en el mejor presidente de la historia. Pero cuidado: tanto poder en sus manos también es mesa puesta para convertirse en el peor gobernante de nuestro accidentado devenir. Por el bien de México, hago votos para que suceda lo primero.

lunes, 4 de junio de 2018

México enemistado: La Cuarta Transformación

Por Venus Rey Jr

Publicado originalmente en el número 18 de la revista Ruiz Healy Times, p. 25. Descárgala aquí

«We must, indeed, all hang together or, most assuredly, we shall all hang separately.»
Benjamin Franklin
Frontera entre las alcaldías de Cuajimalpa y Álvaro Obregón, Ciudad de México


La Guerra Civil Española es un acontecimiento histórico que desde hace muchos años ha llamado poderosamente mi atención. Fue una choque tremendo entre dos formas de pensar, dos visiones y proyectos de Nación. La colisión eidética no se quedó en el debate de las tribunas en la Asamblea ni en las agitadas y muy acaloradas discusiones en los cafés de las grandes ciudades españolas; también permeó la vida íntima de las familias y enemistó a hermanos, a padres y a vecinos. Si todo hubiese quedado ahí, en las discusiones, en las descalificaciones, en la pura enemistad, no habría sido tan trágico. El problema es que todo se salió de control, y entonces la pelea eidética se transformó en una guerra fratricida, una de las más crueles y sangrientas del siglo XX.

No estoy comparando la situación actual de nuestro país con el caos que imperó en España en los años 1930, aunque sí es preciso reconocer que nuestra situación es muy delicada. Negar la realidad de nuestros días, o minimizarla, sería un error muy grave. Yo veo un México muy dividido y enemistado. Escucho y veo expresiones de intolerancia en los seguidores de los principales actores políticos. Del insulto desmedido, que ya de suyo es una agresión, a la agresión física misma, hay sólo una diferencia de grado; y es una diferencia menor. Cuando se suelta el tigre, los actores políticos ya no tienen control sobre sus seguidores, como sucedió en esa España, y para ejemplo valga la guerra que protagonizaron los anarquistas contra los comunistas, ambos del lado de la República, pero peleados a muerte por sus diferencias ideológicas.

En «Una historia de la Guerra Civil que no va a gustar a nadie», Juan Eslava describe los temores del presidente Azaña, que ya anticipa el horror que está por desatarse: «[en un lado] el odio destilado lentamente durante años en el corazón de los desposeídos; [en otro lado] el odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la insolencia de los humildes.» Unos renglones después pone una cita del aristócrata y sibarita español José Luis de Vilallonga: «Todavía recuerdo el día en que, un poco antes de la guerra, mi abuela dijo de pronto: ‘Siento un infinito desprecio hacia los pobres.’ Y como todo el mundo se quedó con la boca abierta, explicó: ‘Sí, porque ¿cuántos son ellos? Millones. Y los ricos ¿cuántos somos? Muy pocos. Pero aquí estamos desde hace siglos sin que a nadie se le ocurra hacernos nada.’»

He visto en nuestro país una polarización. No que sea nueva. Desde luego, los pobres y los ricos existen desde siempre. El problema es cuando llega la ideología y los actores políticos se valen de ella para excitar a las masas. En el momento en que la ideología permea la polarización, en ese momento se gestan bandos irreconciliables destinados a chocar.

Existe en nuestro país un modo de ser excluyente, que algunos llaman la postura del mirrey o el estilo de vida totalmente palacio. Y también existe otro modo de pensar, igualmente excluyente, al que despectivamente se denomina ideología chaira o pensamiento prole. El primer modo de ser se caracteriza por la indolencia y la frivolidad; el otro se distingue por el odio y el desprecio de sentirse marginado y explotado. La abuela de Vilallonga y Vilallonga mismo ilustran muy bien al primer grupo. El personaje Esteban García, de la novela «La casa de los espíritus», de Isabel Allende (que sabe muy bien de estas cosas), ilustra al segundo grupo[1]. Tal vez algún lector despreocupado crea que estoy exagerando, más aún después de leer el pie de página que acabo de escribir, pero yo creo que estos fenómenos sociales merecen atención.

El discurso de algunos candidatos se aprovecha del resentimiento social de un gran sector de la población. El discurso exalta no sólo la explotación, sino las diferencias raciales. No en vano uno de los candidatos hace llamar a su partido MORENA, que, claro, se refiere a las siglas del Movimiento de Regeneración Nacional, pero que también alude al color de la piel. El candidato expone a sus seguidores que el sino aciago que sufren se debe a la maldad de unos cuantos. Este grupo sin rostro –el candidato no da nombres, pero se entiende que es el grupo constituido por los hombres más ricos de México– se vale de los políticos para asegurarse privilegios y aumentar su riqueza, a costa de la explotación y la marginación de los pobres. Los gobiernos neoliberales del PRI y del PAN y sus presidentes (Peña, Calderón, Fox, Zedillo, Salinas…), no son más que empleados de este grupo. Todos ellos conforman la «mafia del poder». La única posibilidad de que los pobres salgan de la pobreza, es arrebatando a esta mafia el poder mediante una revolución, pacífica, dice el líder, que traerá paz, justicia y bienestar, y que acabará con la corrupción y la violencia: por fin los oprimidos serán reivindicados. Este cambio sustancial es llamado por el movimiento y sus ideólogos «La Cuarta Transformación», y su envergadura e importancia sólo son comparables, según ellos, a la Independencia, la Reforma y la Revolución.

He sido testigo de expresiones que me horrorizan por su ligereza y frivolidad; expresiones peores que la de la abuela de Vilallonga. Y las he escuchado aquí en mi ciudad, en reuniones, en las terrazas de restaurantes; las he visto en Facebook, en Twitter y hasta en los periódicos. Porque para que exista polarización debe haber dos polos igualmente malos. He oído expresiones como nacos, proles, chairos, jodidos, holgazanes, huevones, prietos, parásitos, ninis, basura social, indios y otras más que no puedo pronunciar, dirigidas a los simpatizantes de MORENA y en general a los más desfavorecidos. Lejos de ponerlos cabizbajos, los insultos les están dando unidad, identidad y cohesión: «somos Morena, somos la nación, los pobres, los marginados, y –como temía la abuela de Vilallonga– somos millones, millones más». Es el fin de la era del señoritingo, del fifí, de la mafia del poder: así como perecieron el catrín y el señorito, el terrateniente y el hacendado, en la revolución, así va a desaparecer esta mafia del poder empezando por sus funcionarios itamitas. Ese es el propósito de La Cuarta Transformación.

Ahora bien, podrá resultarnos chocante y pedante esta terminología de La Cuarta Transformación. No es la primera vez que los ideólogos cercanos a Andrés Manuel López Obrador se inventan un término así de rimbombante. Recordemos La Cuarta República, de la que AMLO fue presidente legítimo. Pero ese no es el punto. Decía que podría resultar irritante el concepto de La Cuarta Transformación, pero en el fondo, no porque lo proponga López Obrador, no deja de ser cierto que nuestro país requiere un cambio sustancial. La corrupción gubernamental y la violencia deben cesar; el país debe despegar económicamente –y aquí la palabra despegar resulta muy adecuada y simbólica, toda vez que MORENA pretende cancelar el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, que verdaderamente sería un motor de despegue y desarrollo para nuestro país–. Si esto se logra (acabar con la corrupción, erradicar la violencia y emprender ahora sí a grandes pasos el desarrollo económico nacional), será verdad esto de La Cuarta Transformación. Sería terrible que las cosas siguieran como están, pero también sería catastrófico que adoptáramos el comino del populismo.

No hace falta ser López Obrador, ni siquiera simpatizante de él, para darse cuenta que la estructura gubernamental está podrida desde sus entrañas; no hace falta ser morenista para sostener que en México hay profundas desigualdades (económica, social, racial, cultural), que los gobiernos han actuado con frivolidad, torpeza, irresponsabilidad, dolo y maldad, y que las cosas deben cambiar. Entiendo el enojo de los seguidores de AMLO: es legítimo, y no es propio de ellos –yo, que no soy morenista, también estoy indignado–. Hasta el más cínico priísta sabe que la situación no podrá sostenerse más tiempo.

La rabia de millones se deja ver en twitter, Facebook y otras redes sociales. El ataque a columnistas y comunicadores es impresionante. Basta con expresar una idea contraria a un candidato, para que sus seguidores profieran toda clase de insultos, ataques y amenazas. Hay que decirlo, en este rubro son especialmente virulentos los simpatizantes de MORENA. Esta agresividad en redes preocupa, aunque haya quien crea que exagero. Es cierto que si pierde AMLO, sus seguidores experimentarán una gran frustración, y entonces serán realidad aquellas palabras que se referían a soltar al tigre. Y una vez suelto el animal, será muy difícil detenerlo. Por esa razón, La Cuarta Transformación –que, insisto, es necesaria, y no porque lo diga López Obrador– debe llevarse a cabo desde la institucionalidad. Ya se han dado los primeros pasos, aunque los morenistas insistan en que no.

Un paso importante es la desaparición de la Procuraduría General de la República, que hoy por hoy está bajo control del presidente, lo cual es garantía de impunidad, y en su lugar la creación de una Fiscalía autónoma y totalmente independiente del ejecutivo. Este paso ya se dio, al menos en el papel (la hoja de papel, diría el jurista La Salle), he ahí el artículo 102 de nuestra Constitución, pero en los hechos los partidos políticos no han sido capaces de nombrar a quien habrá de ser su titular. Los políticos corruptos no van a permitir que un fiscal hostil los persiga, y como al parecer todos los partidos son corruptos, es difícil que lleguen a un acuerdo. También tenemos un Sistema Nacional Anticorrupción que fue creado desde 2015, pero que en los hechos es como si no existiera, pues los escándalos de corrupción en el gobierno federal y en los gobiernos estatales siguen consternando a la opinión pública. Así de podrida está la estructura del Estado mexicano.

También tenemos un órgano autónomo electoral que es garante de transparencia en las elecciones, aunque esté bastante desacreditado hoy en día; y tenemos un tribunal electoral que forma parte del poder judicial, y por lo tanto goza de autonomía e independencia respecto a los otros dos poderes. Con esto quiero decir que hasta los políticos corruptos saben que es insostenible el nivel de corrupción, y que esto se tiene que acabar; y que cuando esto acabe, de verdad habrá visto su fin una era oscura caracterizada por el expolio sistemático de la riqueza nacional: vendrá La Cuarta Transformación. En la primera, México logró su Independencia; en la segunda su Reforma; en la tercera, la Revolución dio muerte a un régimen oligarca; La Cuarta Transformación supondrá el fin de la corrupción y de la violencia: se abrirá una era de amor, paz, justicia y bienestar. Suena a pseudo-ciencia de Hörbiger y sus cosmogonías glaciales, pero no por ello es falso que urja en México una verdadera transformación.

La transformación de México no será obra de una persona o de un movimiento político. Será tarea de todos los mexicanos. Que alguien ofrezca ser la solución es un gran engaño. Un México enemistado es más vulnerable a la corrupción y la violencia, y está en menor aptitud de afrontar los problemas. Se necesita la unión, no la división. Los políticos que fomentan la enemistad de los mexicanos juegan con un fuego que luego no podrán apagar.




[1] La novela de Isabel Allende y la película del mismo nombre, del director danés Bille August, difieren en algunos de talles. Me voy a referir al plot del film, con el que varios lectores estarán familiarizados. En la película, el rico y poderoso Senador Esteban Trueba (Jeremy Irons) violó en su juventud a una trabajadora de su finca. De esta violación nació Esteban García, que vendría a ser hijo ilegítimo del Senador. Esteban García sabe su origen y odia a su padre, que también sabe que es su hijo. No obstante, acude ante el ya poderoso Senador Trueba, para pedir que lo recomiende y pueda obtener un trabajo en el Cuerpo de Carabineros. Lejos de estar agradecido, García sigue albergando un profundo odio contra su padre y sus medios hermanos. Cuando estalla el golpe de Estado y los militares emprenden una brutal represión, su media hermana, Blanca (Winona Ryder) es arrestada y va a dar a la prisión en la que está asignado su hermanastro Esteban García, que ya es un oficial con cierto poder, y que aprovecha la oportunidad para torturarla y violarla.

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